Desde cualquier punto de vista, la destrucción de los monasterios
ingleses por Enrique VIII debe ser recordado como uno de los acontecimientos
más relevantes del siglo dieciséis. Estos eran vistos
en Inglaterra, en el tiempo de la ruptura de Enrique con Roma, como
uno de los mayores baluartes del sistema papal. Los monjes habían
sido llamados "el gran ejército permanente de Roma".
Uno de los primeros resultados prácticos de la asunción
de los más altos poderes espirituales por el rey, fue la supervisión
por decreto real de las visitas oficiales episcopales, y el nombramiento
de un laico - Tomás Cromwell - como el vicario general del
rey en asuntos espirituales, con autoridad especial para visitar los
monasterios, y de llamarlos al orden con respecto a las nuevas modalidades
de las cosas. Esto fue en 1534; y, algún tiempo antes de diciembre
de aquel año, fueron hechos los arreglos para un régimen
sistemático de visitas. Un documento, fechado el 21 de enero
de 1535 permitía a Cromwell liderar las visitas a través
de "comisarios" - en lugar de personalmente - dado que el
ministro decía estar en dicho tiempo demasiado ocupado con
"los asuntos del reino entero". Actualmente está
prácticamente admitido que, más aún que la cuestión
de estas comisiones de visitas, el proyecto de suprimir algunos, si
no fuera posible todos, de los establecimientos monásticos
del país, no sólo había sido abordado, sino que
se convirtió en parte de las políticas prácticas
de Enrique. Es bueno recordar esto, dado que arroja una interesante
y en cierta medida inesperada luz sobre las primeras disoluciones:
los monasterios estaban condenados con anterioridad a estas visitas,
y no como consecuencia de éstas, como estamos acostumbrados
a creer de acuerdo con la historia tradicional. El Parlamento había
de reunirse temprano en el próximo año, 1536, y, con
el doble objeto de revitalizar un agotado Tesoro Público y
de anticipar oposiciones de parte de los religiosos debido a los cambios
eclesiásticos propuestos, de acuerdo con designios reales,
los Comunes fueron movidos a reconocer a Enrique la posesión
de al menos los monasterios más pequeños. Sin embargo,
esto debió haber sido percibido por el astuto Cromwell, a quien
es atribuida la primera concepción del proyecto, que para lograr
el éxito, un proyecto de este tipo debía estar sustentando
por poderosas aunque simples razones calculadas para atraer a la opinión
pública. Algún pretexto decente debía ser encontrado
para presentar la medida propuesta de la supresión y confiscación
para la nación; difícilmente pueda ser objeto de duda
que el recurso de difamar las personalidades de los monjes y monjas
fue deliberadamente infundado.
Las visitas comenzaron aparentemente en el verano de 1535, a pesar
de que las facultades de visitación de los obispos no fueron
suspendidas sino hasta el 18 de septiembre siguiente. Los predicadores
fueron asimismo comisionados a recorrer el país en los principios
del otoño, a fin de que, por medio de sus invectivas, fuesen
educando a la opinión pública en contra de los monjes.
Estos oradores fueron de tres clases:
- "difamadores", quienes declamaban contra los religiosos como
"hipócritas, hechiceros y frívolos, etc.",
- "predicadores", quienes decían que los monjes "hicieron
a la tierra improductiva", y
- aquellos que decían a la gente que , "si las abadías
desaparecen, el rey nunca más querrá cobrar ningún
impuesto"
Este último fue un argumento favorito de Cranmer, en sus sermones
en La Cruz de San Pablo. Los hombres empleados por Cromwell - los
agentes encargados de las tareas de recolectar la evidencia requerida
- eran principalmente cuatro, Layton, Leigh, Aprice, y London. Ellos
estaban bien capacitados para su trabajo, y los cargos que se imputaron
contra el buen nombre de por lo menos algunos de los monasterios,
por estos emisarios elegidos por Cromwell, son, debe ser confesado,
suficientemente atroces, a pesar de que aún sus reportes no
confirman la moderna noción de corrupción masiva.
Las visitas parecen haber sido llevadas adelante sistemáticamente,
y haber atravesado tres etapas claramente definidas. Durante el verano
las casas del Este de Inglaterra fueron objeto de examen, y esta fracción
del trabajo llegó a su término para Septiembre, cuando
Layton y Leigh llegaron a Oxford y Cambridge respectivamente. En Octubre
y Noviembre los visitadores cambiaron el rumbo de sus tareas hacia
los distritos del Este y Sudeste, y en Diciembre encontramos a Layton
avanzando a través de los condados centrales hacia Lichfield,
donde se topó con Leigh, quien había terminado su trabajo
en las casas religiosas de Huntingdon y Lincolnshire..
De allí en más ellos prosiguieron juntos hacia
el Norte, y llegaron a la ciudad de York el 11 de enero de 1536. Pero
con toda prisa, urgidos para ello por Cromwell, ellos no fueron muy
lejos en sus trabajos de inspección en el norte antes de la
reunión del Parlamento.
De tanto en tanto, mientras desarrollaban sus tareas de visitación,
los visitadores, principalmente London y Leigh, enviaron breves reportes
a sus empleadores. Prácticamente todas las acusaciones hechas
en contra del buen nombre de los monjes y monjas están contenidas
en las cartas enviadas en este contexto por los visitadores, y en
el documento, o documentos, conocidos como la "Comperta Monastica",
los cuales fueron preparados en dicho momento por los mismos visitadores
y reenviados a su jefe, Cromwell. No hay disponible ninguna otra evidencia
acerca del estado de los monasterios en dicho momento, y la investigación
de la verdad de las acusaciones está fundada, en el fondo,
sobre el valor de estas palabras de los visitadores. Es fácil,
por supuesto, descartar testigos inconvenientes como carentes de mérito,
pero en este caso, un más profundo estudio de estas cartas
y documentos es más que suficiente para sembrar la duda sobre
estos testimonios como completamente carentes de credibilidad.
Es, por supuesto, imposible penetrar en los detalles de las visitaciones.
Debemos, entonces, pasar al segundo escalón de esta disolución.
El Parlamento se reunió el 4 de febrero de 1536, y el principal
asunto que fue mencionado para tratar fue la consideración
y sanción de la ley de supresión de las más pequeñas
casas religiosas. Puede resultar bueno puntualizar exactamente qué
es conocido acerca de este tema. Sabemos, por cierto, que el propósito
del rey de suprimir las pequeñas casas religiosas dio origen
a un extenso debate en la Cámara Baja, y que el Parlamento
dio paso a la medida con gran renuencia. Es más que destacable,
por otra parte, que en el preámbulo de la misma Acta, el Parlamento
es cuidadoso en deslindar la entera responsabilidad de la medida en
el rey, y en declarar, si las palabras significan algo, que tomaban
la verdad de los cargos en contra del buen nombre de los religiosos,
exclusivamente sobre la "declaración" del rey, quien
debía conocer la veracidad de los cargos.
Además debe ser recordado que un simple hecho prueba
que las actuales acusaciones o "comperta" -- tanto en los
formularios de los visitadores, o en el mítico "Libro
Negro"-- nunca habían sido presentadas ante el Parlamento
para su consideración en detalle, menos aún para su
examen crítico y juicio.. Tenemos los documentos "Comperta"
- los hallazgos de los visitadores, cualquiera sea su valor, mientras
hacían sus rondas, entre los papeles estatales - y puede verse
fácilmente que no se hace ninguna distinción en ellos
entre las casas grandes y las pequeñas. Todas están,
para usar una expresión familiar, "cortadas por la misma
tijera", esto significa, que todas están igualmente manchadas
por las groseras afirmaciones de Layton y Leigh, de London y Aprice.
"La idea de que los pequeños monasterios en mayor medida que
los grandes estaban particularmente plagados de vicio", escribe
el Dr. Gairdner, el editor de los diarios del Estado de este período,
"no surge a partir de la 'Comperta'." Más aún,
el preámbulo de la misma Acta, que suprimió los pequeños
monasterios debido a las viciadas condiciones de vida, declara positivamente
que "en los grandes y solemnes Monasterios del reino", la
religión era bien observada y Dios era bien servido. ¿Puede
ser imaginado por un momento que esta afirmación puede haber
encontrado su camino dentro del Acta del Parlamento, han sido los
reportes, "o Comperta", de los visitadores puestos sobre
la mesa de la Casa de los Comunes para la inspección de sus
miembros? Estamos, en consecuencia, conminados
por este hecho a aceptar como histórica la consideración
dada en el preámbulo de la primer Acta de Disolución:
que la medida fue tomada por la presión de la "declaración"
del rey acerca de que los cargos contra las casas pequeñas
eran verdaderos, y eso es todo solamente.
En su forma final la primer medida de supresión simplemente
promulgaba que todas las casas
religiosas que no poseyesen un ingreso de más de 200 libras
al año debían ser cedidas a la Corona. Los superiores
de tales casas habrían de recibir pensiones, y los religiosos,
a pesar de que se alegaba que varios de ellos eran depravados, habrían
de ser admitidos en los monasterios mayores y más observantes,
o si no habrían de ser licenciados para actuar como sacerdotes
seculares. La infame medida fijada por el Acta fue , de este modo,
una medida pecuniaria. Todos los establecimientos monásticos
que cayesen por debajo del promedio de "buena vida" de ingresos
de 200 libras al año habrían de ser dados al rey para
ser dispuestos según su "agrado, por el honor de Dios
y la riqueza del reino".
Este límite de dinero prestó de inmediato lo necesario,
como un primer paso en la dirección de la disolución,
para averiguar cuales casas estaban al alcance de la acción
del Acta.. Tan pronto como en abril de 1536 (menos de un mes desde
la vigencia de la medida), podemos encontrar comisiones mixtas de
oficiales y caballeros de la ciudad congregados en consecuencia para
realizar inspecciones en las casas religiosas, e instrucciones emitidas
para su orientación. Los resultados obtenidos por estos comisionados
son de la mayor importancia en la determinación del estado
moral de las casas religiosas en el momento de su disolución.
Actualmente está bajo disputa que las acusaciones de los visitadores
de Cromwell fueron hechas con antelación a, y no después
(como la mayoría de los escritores han supuesto erróneamente),
la constitución de estas comisiones mixtas de nobles y oficiales.
El principal propósito por el cual los comisionados fueron
nominados fue, por supuesto, para encontrar cuáles casas poseían
ingresos menores a 200 libras por año, y apoderarse de ellas
en nombre del rey, como legalmente pertenecientes a Su Majestad, en
virtud del Acta. Los nobles y los oficiales fueron instruidos, sin
embargo, para investigar y reportar sobre el estilo de vida de los
religiosos, o en otras palabras estaban dirigidos especialmente a
examinar sobre el estado moral de las casas visitadas. Desafortunadamente,
actualmente se conoce de la existencia de comparativamente pocos de
estos reportes de las comisiones mixtas, a pesar de que algunos habían
sido descubiertos, los cuales eran desconocidos para el Dr. Gairdner
cuando realizó su "Calendario" de los documentos
de 1536. Sin embargo, afortunadamente, los reportes existentes trataban
expresamente de algunas de las mismísimas casas contra las
cuales Layton y Leigh habían hecho sus pestilenciales insinuaciones.
Una vez que la supresión fue resuelta y hecha legal, no les
importó a Enrique o Cromwell que los residentes pudieran ser
descriptos como "riñones del mal"; y entonces los
nuevos comisionados rehabilitaron a los religiosos de las mismas casas
como reales observantes de "un virtuoso estilo de vida",
y esto, no sólo en el caso de una casa o distrito, sino, como
Gairdner dice, "la reputación de los residentes es casi
uniformemente buena"
Para prepararse para la recepción del esperado botín,
fue establecida la que se conoció con el nombre de Oficina
de Aumentos, y el señor Tomás Pope fue nombrado como
su primer tesorero, el 24 de abril de 1536. En ese mismo día
algunas instrucciones fueron emitidas para la guía de las comisiones
mixtas en el trabajo de disolver los monasterios. De acuerdo con dichas
directivas, los comisionados, habiendo entrevistado al superior y
mostrándole el "Acta de Disolución", debían
lograr que todos los oficiales de la casa jurasen contestar con la
verdad a cualquier pregunta que se les hiciera. . Ellos debían
luego examinar tanto el estado moral y financiero de los establecimientos,
y reportar acerca de ellos, así también como acerca
del número de religiosos y "el estilo de vida que llevaban".
Después de eso, se debía tomar un inventario de todos
los bienes, muebles y platería, y un "aprendiz" u
homólogo de lo mismo debía ser dejado con el superior,
fechando a partir del 1 de marzo de 1536, porque a partir de tal fecha
todo había pasado a posesión del rey..
De allí en adelante, el superior habría de ser
considerado responsables por la custodia de la propiedad del rey.
Al mismo tiempo, los comisionados emitirían sus órdenes
hacia las cabezas de las casas tendientes a no recibir ninguna renta
en nombre del convento, ni a gastar más dinero, excepto para
las expensas más necesarias, hasta que la voluntad del rey
fuese conocida. Ellos quedaban, sin embargo, estrictamente ligados
a continuar el cuidado de las tierras, y "sembrar y cultivar"
como antes, hasta tanto algún granjero del rey fuera citado
y los relevaran en dicha tarea. En cuanto a los monjes, al oficial
le fue dicho "que mandase a aquellos que permanecerían
en el estado religioso a otras casas con cartas a los gobernadores,
y a aquellos quienes deseasen volver al mundo al Lord de Canterbury
y al Lord canciller" a fin de que recibiesen algunos beneficios
o viáticos que pudiesen ser encontrados para ellos.
Un hecho curioso acerca de la disolución de los monasterios
más pequeños merece una especial atención. Ni
bien el rey hubo obtenido la posesión de estas casas al valor
de 200 libras por año, luego comenzó a refundar algunos
"a perpetuidad" bajo un nuevo estatuto.
En este sentido no menos de cincuenta y dos casas religiosas
en varias partes de Inglaterra ganaron un respiro temporario con respecto
a la extinción, El costo, sin embargo, era considerable, no
sólo para los religiosos, sino también para sus amigos.
La propiedad fue nuevamente confiscada y los religiosos fueron finalmente
erradicados, antes de que hubieran sido capaces de devolver las sumas
prestadas con vistas a adquirir este muy estrecho favor de manos del
poder legal y real. Hablando en plata, el tesorero de la Oficina de
Aumentos admite haber recibido, como simple "parte de pago de
las cuantiosas sumas de dinero debidas al rey por multas o componendas
por la tolerancia y continuidad" de parte de sólo treinta
y uno de esos monasterios refundados, alrededor de 5948 libras 6s.
8d. o algo menos, probablemente, que 60.000 equivalentes en moneda
de 1910. Sir Tomás Pope, el mismo tesorero de la Oficina de
Aumentos, ingeniosamente agregó que él no había
tenido en cuenta los atrasos adeudados a la oficina bajo su mandato,
"ya que todos y cada uno de los citados monasterios, antes del
cierre de las cuentas, han ingresado en las manos del rey por rendición,
o por la autoridad del Parlamento han sido agregadas al aumento de
los ingresos reales." "Por
esta razón", agrega él, "el rey ha remitido
todas las sumas de dinero aún adeudadas a él, como el
residuo (residue) de las multas originadas por su protección
real". Las sumas pagadas por las nuevas fundaciones "en
perpetuidad", las cuales en realidad, tal como mostraron los
hechos, significaron sólo una tregua de un puñado de
años aproximadamente, variaron considerablemente. A modo de
regla estas representaban acerca de tres veces los ingresos anuales
de la casa, pero en ocasiones, como en el caso de Santa María,
Winchester, la cual fue multada con 333 libras 6s. 8d., para dejarla
continuar, ella fue reestablecida con la pérdida de algunas
de sus más valiosas posesiones.
Es en cierta manera difícil de estimar correctamente el número
de casas religiosas que pasaron a posesión del rey en virtud
del Acta del Parlamento de 1536. La estimación de Stowe es
en general apreciada como suficientemente cerca de la cifra, y él
afirma: "el número de casa suprimidas entonces fue de
376". Con respecto al valor de las propiedades, la estimación
de Stowe también resultaría ser sustancialmente correcta
cuando indica unas 30.000 libras, o algo así como 300.000 libras
equivalentes en moneda de 1910, como el ingreso anual derivado de
las confiscaciones de tierra. No puede ser dudado, empero, que subsecuentemente
las promesas de altos ingresos anuales de parte de los viejos estados
religiosos resultaron ilusorios, y con todo esto, a pesar de las míseras
rentas de las granjas de la Corona, las parcelas produjeron menos
dinero para la cartera real que lo que previamente lo habían
hecho bajo la frugal administración y supervisión personal
de sus dueños anteriores.
Para la valuación de los tesoros provenientes de las arruinadas
y desmanteladas casas, donde el derroche era en todas partes tan grande,
es naturalmente difícil de estimar la valuación de la
platería, y joyas que fueron enviadas en especies hasta la
tesorería del reino, y los beneficios derivados de la venta
de plomo, campanas, existencias, mueblería, y hasta los edificios
conventuales. Es, sin embargo, razonablemente cierto que Lord Herbert,
siguiendo a Stowe, haya situado la cantidad realmente recibida en
una cifra muy superior. No, por supuesto, que tales bienes no hayan
valido bastante más que alrededor de 100.000 libras, tal como
él las estimó, pero nada similar a dicha suma fue realmente
recibida o reconocida por Sir Tomás Pope, como tesorero de
la Oficina de Aumentos. La corrupción, sin lugar a dudas, existía
en todas partes, desde el menor de los vigilantes de las comisiones
de visitantes hasta el más alto oficial de la Corte. Pero de
acuerdo con las innumerables maneras en las cuales las posesiones
de los monasterios pudieron ser saqueadas en el proceso de transferencia
hacia su nuevo poseedor, no puede estar muy por debajo de la cifra,
para valuar esas "Pequeñas migajas de Robin Hood",
tal como Stowe los llama, de alrededor de 1.000.000 de libras en moneda
de 1910.
Algo debe necesariamente ser dicho acerca del corriente proceso que
fue seguido por los agentes de la Corona en la disolución de
estos monasterios menores. Fue más de lo mismo en todos los
casos, y fue de algún modo un prolongado proceso, dado que
el trabajo no fue todo realizado en un día. Las actas, enviadas
a la Oficina de Aumentos por los comisionados, mostró que era
frecuentemente cuestión de esperar seis o siete semanas antes
que cualquiera de las casas fuera finalmente desmantelada y sus ocupantes
hubieran sido todos echados fuera.. El jefe de los comisionados asistió
en dos visitas oficiales a la escena de las operaciones durante el
transcurso del trabajo. En el primer día ellos reunieron al
superior y a sus subordinados en la Casa Capitular, anunciaron a la
comunidad y a sus dependientes su inminente destino, requirieron y
ajaron el sello del convento, el símbolo de la existencia corporativa,
sin la cual ningún negocio puede ser realizado; profanaron
la iglesia, tomaron posesión de la mejor platería y
vestiduras para uso del rey; midieron el plomo sobre el techo y calcularon
su valuación posterior a la fundición, contabilizaron
las campanas, y estimaron las mercaderías y los bienes muebles
de la comunidad. Más tarde ellos pasaron a la escena de sus
siguientes operaciones, dejando tras ellos ciertos oficiales subordinados
y trabajadores para llevar a cabo la designada destrucción
removiendo los techos y demoliendo las canaletas; fundiendo el
plomo en cerdos y forraje, tirando abajo las campanas,
destruyéndolas con mazas y envasando el metal en barriles
listos para la visita de los especuladores y sus ofertas por los tesoros.
Esto fue complementado por la tarea de recolección de
los muebles y su venta, juntamente con los marcos de las ventanas,
postigones, y puertas por subasta
pública u ofertas privadas. Cuando
todo esto había sido hecho, los comisionados regresaron para
auditar las cuentas y para autosatisfacerse en general de que el trabajo
de devastación había sido alcanzado de acuerdo con los
allegados del rey. - que el nido había sido destruido y los
pájaros ahuyentados - que lo que había sido un monumento
de belleza arquitectónica en el pasado era ahora un "coro
desnudo y sin techo, donde luego las dulces aves cantaron."
Ni bien hubo comenzado el proceso de destrucción simultáneamente
por todo el país, la gente comenzó finalmente a darse
cuenta de que los beneficios que se esperaban acumular para ellos
como resultado de los saqueos eran ampliamente ilusorios. Cuando esto
fue entendido, fue primeramente elevada la propuesta de presentar
una petición al rey desde los Lords y los Comunes, denunciando
el daño evidente que debía ocurrir al país entero
si la medida fuese llevada a cabo completamente, y requiriendo que
el Acta de Supresión debería ser detenida inmediatamente,
y que las casas menores, que no hubieran sido disueltas bajo la autoridad
del Acta de 1536, deberían ser conservadas.. Nada, por supuesto,
ocurrió con este intento. El apetito de Enrique fue abierto
por lo que había ya recibido, y él sólo ambicionaba
más de los tesoros de la Iglesia y de los pobres. La acción
del Parlamento en 1536 de permitir que la primer medida se convirtiera
en ley, hizo en realidad mucho más difícil para Enrique
la retractación, y en muchos sentidos no hizo más que
preparar el terreno para las disoluciones generales. Aquí y
allá, en todo el país, se organizó activa resistencia
contra el trabajo de destrucción, y en el caso de Lincolnshire,
Yorkshire, y el Norte en general, el levantamiento popular de la "peregrinación
de gracia" fue causado mayoritariamente, o al menos en gran medida,
por el deseo de la gente de salvar las casas religiosas de la despiadada
destrucción. El fracaso de la insurrección de la "Peregrinación
de Gracia" fue celebrada a través de la ejecución
de doce abades, y, para utilizar las propias palabras de Enrique,
a través de un masivo "paro forzoso" de monjes..
Por un nuevo e ingenioso proceso, llamado apropiadamente "Disolución
por Proscripción", una abadía era considerada por
los consejeros reales de caer en las manos del rey por la supuesta
o tácita traición de sus superiores. De este modo, varias
de las más grandes abadías, con todas sus rentas y posesiones,
cayeron en manos de Enrique como consecuencia de la "Peregrinación
de Gracia".
El Parlamento de 1536, debe ser recordado, había reconocido
a Enrique la posesión solamente de aquellas casas cuya valuación
anual fuera menor a 200 libras. Lo que ocurrió durante los
siguientes tres años que sucedieron a la entrada en vigencia
del Acta fue sintéticamente esto: el rey estaba insatisfecho
con los actuales resultados de lo que él había supuesto
se iría a convertir en una verdadera mina de oro. Personalmente,
tal vez, él no había ganado tanto como había
esperado de las disoluciones que habían tenido lugar. La propiedad
de los monjes de algún modo parecían malditas por su
origen, ya que pasaron de su control hacia otras mil y una directivas,
y él pronto estuvo sediento por un premio mayor, el cual, como
quedó en evidencia, fue igualmente incapaz de guardar para
sus usos particulares. Por sus instrucciones, los visitadores fueron
una vez más puestos en marcha en contra de las grandes abadías,
en las cuales, de acuerdo con el Acta de 1536, la religión
era "rectamente observada". No habiendo recibido ningún
mandato del Parlamento para autorizar la extensión de sus procedimientos,
los agentes reales, ansiosos de ganarse un lugar en los favores del
rey, estuvieron muy ocupados a lo largo de todo el país, engatusando,
coercionando, ordenando y amenazando a los miembros de las casas religiosas
de modo de forzarlos a renunciar a sus monasterios y dejarlos a merced
de la Majestad del rey. Tal como el Dr Gairdner lo apunta: "a
través de varios recursos y medios los superiores de estos
establecimientos fueron inducidos a la rendición, y ocasionalmente
cuando un abad era encontrado culpable, como en el caso de Woburn,
de haber cometido traición en el sentido en que lo estipulaban
los recientes estatutos, la casa (por una extensión de las
leyes tiránicas) era expropiada en favor del rey por su proscripción.
Pero los casos de proscripción eran ciertamente la excepción,
las rendiciones eran la regla general."
El otoño de 1537 vio el comienzo de la caída de los
frailes en Inglaterra.. Por alguna razón,
posiblemente por su poderío, ellos no habían sido alcanzados
bajo el Acta de 1536. Por el lapso de un año después
de la "Peregrinación de Gracia" pocas disoluciones
de casas, aparte de aquellas que pasaron a manos del rey a través
de la proscripción de sus superiores, son recordadas. Con la
fiesta de San Miguel, en 1537, sin embargo, además de los conventos
de frailes, por algunos medios u otros, las rendiciones de las casas
más grandes ocurrieron rápidamente. Las instrucciones
proporcionadas a los agentes reales son claras. Estos debían,
por todos los métodos conocidos para ellos, tener a los religiosos
"deseosos de consentir y acordar" su propia extinción.
Solamente recién cuando ellos descubrieron "algunos de
esos líderes y conventos, tan apenados por ser disueltos,
tan testarudos y obstinados que no irían a entrar en razón"
para acordar con firma y sello sus propias garantías de muerte,
fue que los comisionados fueron autorizados por instrucciones de Enrique
a "tomar posesión de la casa" y su propiedad por
la fuerza. Y mientras todo esto era pergeñado, los agentes
reales fueron ordenados a declarar que el rey no tenía designios
de cualquier tipo sobre la propiedad monástica o un sistema
similar, o ningún deseo de asegurar la supresión total
de las casas religiosas. Ellos fueron instruidos de que a cualquier
precio pusieran fin a tales rumores, los cuales eran naturalmente
abundantes a lo largo de todo el país en dicho momento.
Esto hicieron ellos, y el inescrupuloso Dr. Layton declaró
que él le había dicho a la gente de todos los sitios
que "en esto ellos calumniaron completamente al Rey, su señor
natural". El les ordenó no creer tales reportes, y el
"mandó a que los abades y priores les fueran puestos cepos"
por haber relatado tales cosas alejadas de la verdad. Era, sin embargo,
tal como puede imaginarse, más que difícil de suprimir
el rumor mientras la propia situación estaba continuando. En
1538 y 1539 unos 150 monasterios de hombres fueron detectados de haber
firmar la cesación su existencia corporativa y su propiedad,
y por un acto formal cedido todos sus derechos al rey.
Cuando el trabajo hubo progresado lo suficiente el nuevo Parlamento,
que se reunió en Abril de 1539, después de haber observado
que diversos abades y otros habían rendido sus casas a manos
del rey, "sin apremios, coerción, u compulsión", confirmó
esas rendiciones y destinó todas las posesiones de los monasterios
así obtenidas en manos de la Corona. Finalmente en el otoño
de aquel año, el triunfo de Enrique sobre las órdenes
monásticas fue completado por medio de las horribles muertes
por traición tácita de los tres grandes abades de Glastonbury,
Colchester, y Reading. Y así, tal como ha dicho un escritor,
"antes de que el invierno de 1540 se hubiera establecido, la
última de las abadías había sido añadida
a las ruinas con las cuales la tierra había sido sembrada desde
un extremo hasta el otro."
Es difícil, por supuesto, estimar el número exacto
de religiosos y casas religiosas suprimidas en aquel tiempo en Inglaterra.
Poniendo todas las fuentes de información juntas, pareciera
ser que los monjes y canónicos regulares expulsados de los
más grandes monasterios fueron unos 3.200 de número,
los frailes 1.800, y las monjas, 1.560. Si a esto debe ser sumado
el número de aquellos afectados por la primera Acta del Parlamento,
sería probablemente no lejano a la verdad decir que el número
de religiosos hombres y mujeres expulsados de sus casas por la supresión
eran, en números redondos, cerca de 8000. Además de
ellos, por supuesto, han habido probablemente más diez veces
esa cifra de personas derivadas de su rumbo quienes eran sus dependientes,
o contrariamente habían obtenido su pasar en su servicio.
Si ya resulta difícil determinar, con alguna certeza, el número
de los religiosos en la Inglaterra monástica para la época
de las disoluciones de los monasterios, es aún más difícil
brindar alguna estimación precisa de las propiedades involucradas.
Velozmente calculada, la valuación anual de la totalidad de
las propiedades que pasaron a manos de Enrique fue de unos 171.312
libras. Otras valuaciones la han situado aún más arriba,
y así es que un cálculo moderno de la valuación
anual en aproximadamente 200.000 libras, o unos 2.000.000 de libras
en moneda de 1910, probablemente no es excesivo. Por lo tanto, como
una estimación aproximada, puede ser tomado en cuenta que con
la caída de los monasterios, un ingreso de cerca de dos millones
de libras esterlinas por año, según la valuación
monetaria de 1910, fue extraído de la Iglesia y los pobres,
y transferido a las arcas reales.
Debe ser, sin embargo, inmediatamente señalado que Enrique
evidentemente nunca obtuvo nada equivalente a dicha suma de la transacción.
La valuación del capital fue tan disminuida por concesiones
gratuitas, ventas de tierras a valor nominal, y por numerosas otras
maneras, que en realidad, durante los once años comprendidos
entre 1536 to 1547, la contabilidad de la Oficina de Aumentos mostraba
que el rey solamente recibió un promedio anual de ingresos
de 37.000 libras, o 370.000 libras en moneda equivalente de 1910,
por propiedades que, en las manos de los monjes, hubieran probablemente
producido cinco veces dicha cifra. Hasta donde puede inferirse a partir
de las cuentas aún existentes, el total recibido por el rey
debido a las confiscaciones de los monasterios desde abril de 1536,
hasta la Sanmiguelada de 1547, era de
alrededor de trece millones y medio en moneda de 1910, a lo cual debe
ser añadido cerca de un millón de esterlinas, debido
al valor de la fundición de la platería de los monasterios.
De esta suma, sin contar la vajilla y las joyas, unos tres millones
fueron gastados por el rey personalmente, 600.000 libras fueron gastadas
en los palacios reales, y cerca de medio millón en los gastos
domésticos del Príncipe de Gales. Más de cinco
millones en esterlinas son imputadas bajo el rubro de gastos de guerra,
y casi 700.000 libras fueron gastadas en la defensa de las costas.
Las pensiones concedidas a personas religiosas sumaron unos 330.000
libras, y un curioso ítem de 6.000 libras es imputado como
gasto "para asegurar la rendición de la Abadía
de Abingdon."
FRANCIS AIDAN GASQUET
Transcrito por Marie Jutras
Traducido por Christian Longarini