La Supresión es la parte más dura de la historia de la Compañía.
Después de haber disfrutado durante dos siglos y medio de una muy alta
estima entre el pueblo católico, reyes, prelados y papas de repente pasó
a ser objeto de una frenética hostilidad, fue cubierta de injurias, y
eliminada con una dramática rapidez. Cada obra de los Jesuitas –sus
vastas misiones, sus nobles colegios, sus iglesias- les fue arrebatada o fue
destruida. Fueron desterrados y la orden fue suprimida con discursos severos
y denunciatorios, incluso por parte del Papa. Lo que contrasta de la forma más
sorprendente es que en esos momentos sus protectores eran antiguos enemigos:
los rusos y Federico de Prusia. Al igual que muchos intrincados problemas, su
solución puede hallarse empezando por aquello que es de fácil
comprensión. Si retrocedemos una generación vemos que cada uno
de los tronos que intervinieron de forma activa en la Supresión, incluido
el Papa, estaba desbordado. Francia, España, Portugal e Italia fueron,
y todavía son, víctimas de las extravagancias del movimiento revolucionario.
La Supresión de la Compañía se debió a las mismas
causas que en una posterior evolución dieron lugar a la Revolución
Francesa. Estas causas variaron ligeramente según el país. En
Francia se combinaron muchas influencias, como veremos: desde el jansenismo
al librepensamiento, hasta la por entonces acuciante impaciencia por el antiguo
orden de cosas (véase Francia, VI, 172). Algunos han creído que
la Supresión se debió en principio a estas corrientes de pensamiento.
Otros la atribuyen principalmente al absolutismo de los borbones. Pero, aunque
en Francia el rey era reacio a la Supresión, las fuerzas destructoras
adquirieron su poder debido a su indolencia al ejercer el control que solamente
él poseía en esa época. Fuera de Francia, es evidente que
la autocracia, que actuaba por medio de arrogantes ministros, fue la causa determinante.
Portugal
En 1750 José I de Portugal nombró a Sebastián José
Carvalho, posteriormente Marqués de Pombal (q.v.), como su primer ministro.
Las disputas de Pombal con los Jesuitas empezaron con un desencuentro por un
intercambio de territorio con España. San Sacramento fue intercambiado
por las Siete Reducciones de Paraguay, que pertenecían a España.
Allí, las maravillosas misiones de la Compañía eran codiciadas
por los portugueses, que creían que los Jesuitas eran mineros de oro.
Así, los indios fueron obligados a salir de su país; y los Jesuitas
procuraron conducirlos pacíficamente a las lejanas tierras que les fue
asignada. Pero, debido a las severas condiciones impuestas, se levantaron en
armas en contra del traslado, y se originó la llamada guerra de Paraguay
la cual, por supuesto, fue desastrosa para los indios. Luego, paso a paso, la
disputa con los Jesuitas fue llevada hasta sus extremos. El débil rey
fue persuadido para eliminarlos de la corte; empezó una guerra de panfletos
en su contra; en primer lugar, se prohibió a los padres que asumieran
la administración temporal de las misiones y posteriormente fueron deportados
de América.
El 1 de abril de 1758 el anciano papa Benedicto XIV decretó un breve
en el que nombraba al cardenal Saldanha investigador de las alegaciones contra
los jesuitas, que habían sido recobrados en nombre del rey de Portugal.
Pero de ahí no se deduce que el Papa hubiese prejuzgado el caso en contra
la orden. Al contrario, si tenemos en cuenta todas las cartas e instrucciones
enviadas al Cardenal, vemos que el Papa era notablemente escéptico con
respecto a la gravedad de los abusos alegados. Ordenó una mínima
investigación, pero se encaminó a salvaguardar la reputación
de la Compañía. Todas las cuestiones de gran importancia le fueron
devueltas. El Papa falleció cinco semanas más tarde, el 3 de mayo.
En 15 de mayo, Saldanha, habiendo recibido el Breve quince días antes,
omitiendo la minuciosa visita casa a casa que había sido ordenada, y
pronunciándose sobre las cuestiones que el Papa le había reservado,
declaró que los Jesuitas eran culpables de haber ejercido comercio ilícito,
público y escandaloso tanto en Portugal como en sus colonias. Tres semanas
más tarde, por instigación de Pombal, a los Jesuitas les fueron
arrebatadas todas sus facultades en todo el patriarcado de Lisboa. Antes de
que Clemente XIII (q.v.) se hubiese convertido en papa (6 de julio de 1758)
la obra de la Compañía había sido destruida, y en 1759
fue civilmente suprimida. El último paso se dio como consecuencia de
un complot contra el chambelán Texeiras, pero sospechoso de haber sido
promovido por el rey, y que los Jesuitas supuestamente habían apoyado.
Pero los motivos de sospecha nunca fueron planteados y mucho menos probados.
La cumbre de la persecución de Pombal se alcanzó con la quema
en la hoguera (1761) del piadoso padre Malagrida (q.v.), aparentemente por herejía;
mientras, los otros padres, que habían sido encarcelados, perecieron
en gran número. Las relaciones entre la Iglesia de Portugal y Roma se
interrumpieron hasta 1770.
Francia
La Supresión en Francia fue ocasionada por los daños infligidos
en 1755 por las naves inglesas en el comercio francés. Los misioneros
jesuitas tenían importantes intereses en Martinica. Ni comerciaron ni
pudieron comerciar, esto es, comprar barato y vender caro, más que cualesquiera
otros religiosos. Pero sí que vendieron productos en sus grandes granjas
misioneras, en las que estaban empleados muchos nativos, y esto fue permitido
en parte para proteger a los sencillos e ingenuos nativos de la plaga de los
intermediarios deshonestos. El padre Antoin La Vallette, superior de las misiones
de La Martinica, administró estas transacciones con no poco éxito,
y dicho éxito le animó a ir más lejos. Comenzó a
pedir prestado dinero para trabajar en los inmensos recursos subdesarrollados
de la colonia, existiendo una carta del gobernador de la isla fechada en 1753
alabando su empresa. Pero con el comienzo de la guerra, naves que transportaban
bienes de un valor estimado de 2.000.000 de libras fueron capturadas y se llegó
a la bancarrota, y por una gran suma. Sus acreedores fueron incitados a reclamar
el pago ante el procurador de París pero él, confiando en lo que
ciertamente era la letra de la ley, rechazó su responsabilidad en las
deudas de una misión independiente, aunque se ofreció a negociar
un acuerdo, para el que tenía depositadas esperanzas. Los acreedores
acudieron a los tribunales y se decretó una orden (1760) obligando a
la Compañía a pagar y dando libertad para el embargo en caso del
no pago.
Los padres, por consejo de sus abogados, apelaron al Grand’chambre del
Parlamento de París. Resultó ser un paso imprudente. Ya que no
sólo el Parlamento apoyó a la cámara baja (8 de mayo de
1761) sino que una vez que tuvieron el caso en sus manos, los enemigos de la
Compañía en dicha asamblea decidieron asestar un gran golpe a
la orden. Los distintos enemigos se unieron. Los jansenistas eran numerosos
entre las gens-de-robe, y en este momento tenían especiales ganas de
ser vengados del partido ortodoxo. Los sorbonistas, también, los rivales
universitarios de la gran orden de la enseñanza, se unieron al ataque.
También lo hicieron los galicanos, los filósofos y los enciclopedistas.
Luis XV era débil y la influencia de su corte estaba dividida; mientras
su esposa e hijos estaban sinceramente de parte de los Jesuitas, su competente
primer ministro, el Duque de Choiseul (q.v.), le hizo el juego al Parlamento,
y la favorita real, Madame de Pompadour, a la que los Jesuitas habían
negado la absolución, fue una agria oponente. La determinación
a tiempo del Parlamento de París echó encima a toda la oposición.
El ataque a los Jesuitas, propiamente, fue abierto por el jansenista abad Chauvelin,
el 17 de abril de 1762, quien denunció la Constitución de los
Jesuitas como causa de los dudosos desfalcos de la orden. A esto le siguió
el compte-rendu sobre las Constituciones, 3-7 de julio de 1762, plagado de conceptos
erróneos, aunque aún no desbordante de hostilidad. Al siguiente
día, Chauvelin se rebajó a usar unos medios vulgares pero eficaces,
excitando el odio por medio de la denuncia de los principios morales y las enseñanzas
de los Jesuitas, especialmente en materia de tiranicidio.
En el Parlamento, el caso de los Jesuitas ya era desesperado. Tras un largo
conflicto con la corona en el que el indolente y dominado soberano erró
al imponer su deseo bajo cualquier propósito, el Parlamento promulgó
sus famosos “Extraits des assertions”, un libro azul, podríamos
decir, que contenía un conglomerado de pasajes de teólogos y canonistas
jesuitas y en los que fueron acusados de toda clase de inmoralidades y errores:
desde el tiranicidio, la magia y el arrianismo a la traición, el socinianismo
y el luteranismo. El 6 de agosto de 1762 se publicó el último
arrêt condenando a la Compañía a la extinción, pero
la intervención del rey dio lugar a ocho meses de demora. A favor de
los Jesuitas hubo testimonios sorprendentes, sobre todo los procedentes del
clero francés, en las dos convocatorias emplazadas para el 30 de noviembre
de 1761 y el 1 de mayo de 1762. Pero la serie de cartas y discursos publicados
por Clemente XIII se convirtieron una declaración jurada verdaderamente
incontestable a favor de la orden. Sin embargo, nada permitió detener
al Parlamento. El contra-edicto del rey retrasó de hecho la ejecución
de su arrêt, y entretanto fue propuesta una solución por parte
de la Corte. Si los jesuitas franceses se separaban de la orden, bajo un vicario
francés, con costumbres francesas, la corona aún los protegería.
A pesar del peligro de rechazar, los Jesuitas no consintieron; y al consultar
al Papa, él (no Ricci) usó la famosa frase Sint ut sunt, aut non
sint (de Ravignan, “Clement XIII”, I, 105, las palabras también
son atribuidas a Ricci). La intervención de Luis aplazó la ejecución
del arrêt contra los Jesuitas hasta el 1 de abril de 1763. Entonces, los
colegios fueron cerrados, y por otro arrêt del 9 de marzo de 1764, los
jesuitas fueron obligados a renunciar a sus votos bajo pena de destierro. Solamente
tres sacerdotes y unos cuantos escolares aceptaron las condiciones. A finales
de noviembre de 1764 el rey firmó a disgusto el edicto disolviendo la
Compañía en todos sus dominios, ya que todavía estaban
protegidos por algunos parlamentos provinciales, como en Franco-Condado, Alsacia
y Artois. Pero en la redacción del edicto canceló numerosas cláusulas,
que implicaban que la Compañía era culpable; y, escribiendo a
Choiseul, concluyó con estas ligeras pero significantes palabras: “Si
acepto el consejo de otros por la paz de mi reino, tendréis que hacer
los cambios que proponga, o no habré conseguido hada. Y no digo nada
más, no sea que diga demasiado”.
España, Nápoles y Parma
La Supresión en España, y sus cuasi-dependencias Nápoles
y Parma, y en las colonias españolas fue llevada a cabo por medio de
reyes y ministros autocráticos. Sus deliberaciones fueron llevadas en
secreto, y ciñeron a sí mismos sus deliberaciones a propósito.
Sólo hace pocos años que una pista ha conducido hasta Bernardo
Tanucci, el anticlerical ministro de Nápoles, quien adquirió una
gran influencia sobre Carlos III antes de que el rey pasase del trono de Nápoles
al de España. En la correspondencia de este ministro se hallan todas
las ideas que guiaron de vez en cuando la política española. Carlos,
hombre de buen carácter moral, confió su gobierno al Conde de
Aranda y a otros seguidores de Voltaire; y trajo de Italia a un ministro de
finanzas, cuya nacionalidad hizo al gobierno impopular, mientras que sus exacciones
dieron lugar en 1766 a disturbios y a la publicación de varios pasquines,
sátiras y ataques a la administración. Se convocó un consejo
extraordinario para investigar la cuestión, y se declaró que gente
tan sencilla como los amotinados nunca podría haber producido panfletos
políticos. Procedieron a obtener información secreta, cuyo propósito
no se conoce; pero los registros conservados muestran que en septiembre el consejo
resolvió incriminar a la Compañía, y que el 29 de enero
de 1767 se ejecutó su expulsión. Se enviaron a los magistrados
de cada localidad en las que residían los Jesuitas órdenes secretas,
que serían ejecutadas entre el 1 y el 2 de abril de 1767. El plan marchaba
silenciosamente. Esa mañana, 6000 jesuitas fueron expulsados como convictos
a la costa, donde fueron deportados, primero a los Estados Pontificios y finalmente
a Córcega.
Tanucci llevó a cabo una política similar en Nápoles. El
3 de noviembre los religiosos, otra vez sin un juicio, y ahora incluso sin acusación,
fueron expulsados a la frontera con los Estados Pontificios, y se les amenazó
con la muerte si regresaban. Ha de indicarse que en estas expulsiones, cuanto
más pequeño es el estado más grande es el desprecio de
los ministros hacia cualquier clase de ley. El Ducado de Parma era la más
pequeña de las llamadas cortes borbónicas, y tan agresiva en su
anticlericalismo que Clemente XIII le dirigió (el 30 de enero de 1768)
un monitorium, o advertencia, según el cual los excesos serían
penalizables con censuras eclesiásticas. Llegado este momento, todos
los partidarios de la “Familia Compacta” Borbón se enfurecieron
con la Santa Sede, y solicitaron la destrucción completa de la Compañía.
Como preámbulo, Parma expulsó a los Jesuitas de sus territorios
confiscando sus posesiones, como era habitual.
Clemente XIV
Desde estos momentos hasta su muerte (2 de febrero de 1769), Clemente XIII fue
acosado con grosería y violencia máximas. Partes de sus estados
fueron incautados por la fuerza, fue insultado por los representantes borbones,
y quedó patente que, como no cediese se originaría un cisma, tal
y como en Portugal acababa de ocurrir. El cónclave subsiguiente duró
desde el 15 de febrero a mayo de 1769. Las cortes borbónicas, por medio
de los llamados “cardenales de la corona”, consiguieron excluir
algunos partidos, apodados Zelanti, que hubiesen tomado una posición
sólida en defensa de la orden, y finalmente eligieron a Lorenzo Ganganelli,
que tomó el nombre de Clemente XIV. Cretineau-Joly (Clemente XIV, p.
260) afirmó que Ganganelli, antes de su elección, se comprometió
con los cardenales de la corona, por medio de algún tipo de condición,
a suprimir la Compañía, lo que habría implicado una infracción
del juramento del cónclave. Esto fue refutado mediante la declaración
del agente español Azpuru, que fue especialmente designado para actuar
con los cardenales de la corona. Escribió el 18 de mayo, justo antes
de su elección: “ninguno de los cardenales ha llegado tan lejos
como para proponer a alguien que la Supresión fuese asegurada por medio
de un compromiso verbal o escrito”, y justo después del 25 de mayo
escribió: “Ganganelli ni hizo una promesa ni la rechazó”.
Por otra parte, parece que sí que escribió algunas palabras, que
fueron tomadas por los cardenales de la corona como indicación de que
los borbones se habrían salido con la suya con respecto a él (cartas
de de Bernis del 28 de julio y 20 de noviembre de 1769).
Tan pronto como Clemente subió al trono la corte española, respaldada
por los otros miembros de la “Familia Compacta”, renovó su
arrolladora presión. El 2 de agosto de 1769, Choiseul escribió
una severa carta solicitando la Supresión en dos meses, y el Papa hizo
su primera promesa escrita garantizando dicha medida, pero declaró que
necesitaba más tiempo. Luego comenzaron una serie de acciones, siendo
algunas interpretadas de un modo natural como mecanismos de escape para retrasar
el terrible acto destructivo hacia el que Clemente era empujado. Pasó
más de dos años tratando con las cortes de Turín, Toscana,
Milán, Génova, Bavaria, etc., que no consentían tan fácilmente
los proyectos de los borbones. El mismo objetivo ulterior quizá pueda
detectarse en algunas de las calumnias infligidas a la Compañía.
En varios colegios, como los de Frascati, Ferrara, Bolonia y el Colegio Irlandés
de Roma, después de un prolongado examen, los Jesuitas fueron expulsados
con mucha hostilidad. Y hubo momentos, como por ejemplo después de la
caída de Choiseul, en los que parecía como si la Compañía
se hubiese salvado; pero siempre prevaleció la obstinación de
Carlos III.
A mediados de 1772 Carlos situó un nuevo embajador en Roma, don José
Moñino, luego Conde de Floridablanca, un hombre severo y duro, “lleno
de artificio, sagacidad y disimulo, empeñado como nadie en la Supresión
de los Jesuitas”. Hasta este momento las negociaciones habían estado
en manos del inteligente diplomático Cardenal de Bernis, embajador francés
del Papa. Moñino tomó la delantera y de Bernis se convirtió
en partidario de imponer la aprobación de sus recomendaciones. Finalmente,
el 6 de septiembre, Moñino entregó un estudio en el que sugería
al Papa una línea a seguir, que en parte adoptó redactando el
breve de la Supresión. En noviembre se vislumbraba el final, y en diciembre
Clemente puso a Moñino en comunicación con un secretario; esbozaron
juntos el documento, quedando lista el acta el 4 de enero de 1773. El 6 de febrero
Moñino la recibió del Papa en una forma que pudiese ser transmitida
a las cortes de los borbones, el 8 de junio se tuvieron en cuenta sus modificaciones
y el acta se llevó a su forma final y fue firmada. El Papa se demoró
hasta que Moñino le forzó a imprimir las copias; como éstas
tenían fecha, no había posibilidad de retraso tras esa fecha,
que era la del 16 de agosto de 1773. Fue emitido un segundo breve que establecía
la forma en que la Supresión sería llevada a cabo. Para mantener
el secreto se introdujo una reglamentación que, en países extranjeros,
dio lugar a algunos resultados inesperados. El breve no iba a ser publicado
Urbi et Orbi sino solamente a cada colegio o ubicación por medio del
obispo local. En Roma, el padre general fue recluido junto con sus asistentes,
primero en el Colegio Inglés y luego en Castel S. Angelo. Los documentos
de la Compañía fueron entregados a una comisión especial,
junto con sus títulos de acciones y sus reservas de dinero, 40.000 scudi
(más o menos 50.000 dólares), que casi completamente pertenecían
a instituciones benéficas concretas. Comenzaron una investigación
sobre los documentos, pero no dieron lugar a ningún resultado.
En el Breve de la Supresión, la característica más sorprendente
era la larga lista de alegaciones contra la Compañía, sin mencionar
lo que estaba a su favor; el tono general del breve era muy desfavorable. Por
otra parte, los cargos fueron enumerados categóricamente; no fueron enunciados
definitivamente como para ser probados. El objetivo era presentar a la orden
como habiendo ocasionado conflictos perpetuos, contradicciones y problemas.
Para lograr la paz la Compañía debía ser suprimida. Una
explicación concluyente de estas y otras anomalías no ha sido
aún aportada con certeza alguna. La principal razón es sin duda
que la Supresión era una medida administrativa, no una sentencia judicial
basada en investigaciones jurídicas. Se ve que la vía escogida
evitó muchas dificultades, sobre todo la abierta contradicción
con los papas precedentes, quienes muy a menudo alabaron y confirmaron a la
Compañía. De nuevo, tales afirmaciones eran menos propensas a
la controversia; hubo diferentes formas de interpretar el Breve que fueron respectivamente
encargadas a Zelanti y a Bourbonici. La última palabra sobre la cuestión
es sin duda la de Alfonso de Ligorio: “¡Pobre Papa! ¿Qué
podía hacer en su situación, con todos los soberanos conspirando
para exigir la Supresión? En cuanto a nosotros, debemos guardar silencio,
respetar el juicio de Dios, y mantenernos en paz”.
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J.H. POLLEN
Transcrito por Michael Donahue
En agradecimiento por cuatro años de educación jesuítica
en Loyola University de Chicago. AMDG.
Traducido por José Gallardo Alberni