(Del latín temperare: mezclar en proporciones correctas;
calificar).
En el presente escrito la templanza es considerada como una
de las cuatro virtudes cardinales. Puede ser definida como el hábito
recto que permite que el hombre pueda dominar sus apetitos naturales de placeres
de los sentidos de acuerdo a la norma prescrita por la razón. En cierto
sentido, la templanza puede ser considerada como una característica de
todas las virtudes morales, pues la moderación que ella trae aparejada
es central para cada una de ellas. También santo Tomás (II-II:141:2)
la considera una virtud especial. En otras palabras, hablamos de la virtud que
gobierna la concupiscencia; que controla el deseo de los placeres y deleites
que con más fuerza atraen el corazón humano. Estos se pueden catalogar
en tres tipos: los que están asociados con la preservación de
la persona individual, los que se relacionan con la perpetuación de la
especie humana, y los que se vinculan con el bienestar y el confort de la vida
humana. En este aspecto, la templanza tiene otras virtudes subordinadas: la
abstinencia, la castidad y la modestia. La abstinencia prescribe el control
que debe ser empleado al comer y beber. Obviamente, la medida de tal auto control
no es ni constante ni invariable. Varía de acuerdo a las personas y a
los diferentes fines que se persigan. La dieta de un anacoreta no puede ser
la misma que la de un campesino o un obrero. La abstinencia es la virtud opuesta
a los vicios de glotonería y embriaguez. El desorden de tales vicios
consiste en que la comida y la bebida son consumidos de tal manera que causan
perjuicio a la salud corporal. De ahí que se pueda afirmar que la glotonería
y la embriaguez son intrínsecamente malos. Lo cual, sin embargo, no significa
que siempre constituyan pecados graves. La glotonería, por ejemplo, raramente
llega a ser un pecado grave. La embriaguez sí lo es cuando alcanza un
grado tal que imposibilita, al menos temporalmente, el recto uso de la razón.
La castidad, como parte de la templanza, regula las satisfacciones sensuales
conectadas con la perpetuación de la especie. El vicio contrario es la
lujuria. Estos placeres actúan con una vehemencia muy grande sobre la
naturaleza humana, y la función de la castidad es imponer sobre ellos
la fuerza de la razón. Ella será el criterio que decidirá
si esos placeres deberán ser totalmente declinados en favor de una vocación
superior, o si deberán ser avalados exclusivamente en referencia a los
propósitos del matrimonio. (Para ver el pensamiento del Magisterio de
la Iglesia al respecto, Cfr. Encíclicas “Casti connubi” de
Pio XI, "Evangelium vitae" y "Familiaris consortio" de Juan
Pablo II y "Deus caritas est" de Benedicto XVI, y las catequesis de
los primeros cuatro años del pontificado de Juan Pablo II, que constituyen
el cuerpo de la así llamada "Teología del Cuerpo". Además,
Catecismo de la Iglesia Católica, 3ª Parte, 2ª Sección,
capítulo 2°. N.T.). La castidad no es fanatismo, ni mucho menos falta
de sensibilidad. Es simplemente la obediencia a un mandato de templanza en un
área donde tal poder de estabilización es agudamente necesitado.
La virtud de la modestia, regulada por la templanza, tiene como
función el tener bajo la rienda de la razón las pasiones humanas
menos violentas. Ella se acompaña de la humildad para que le sirva ordenando
el interior del hombre. Al permear de verdad sus juicios, e incrementar el conocimiento
de sí mismo, protege al hombre de la malicia radical del orgullo. Es
contraria a la pusilanimidad, que nace de percepciones inferiores y de una voluntad
malvada. En lo tocante al gobierno del exterior del hombre, la modestia intenta
que éste se conforme con las exigencias de la decencia y el decoro (honestas).
De esa manera toda la apariencia exterior, la conducta y el estilo de vida caen
bajo su jurisdicción. Cosas como la vestimenta, la forma de hablar y
la forma de vida deben estar encuadrados en sus normas. Obviamente, esto nunca
podrá ser reglamentado por medio de normas inflexibles y elementales.
Las costumbres tendrán siempre algo que decir al respecto, pero ellas
también deberán ser normadas por la modestia. Santo Tomás
enumera otras virtudes subordinadas a la templanza en cuanto que ellas implican
moderación en el manejo de alguna pasión. Debe tenerse en cuenta,
empero, que en su sentido primario la templanza tiene que ver con aquello que
es difícil para el hombre, no en cuanto que éste es un ser racional,
sino en cuanto que es animal (también sobre este punto se recomienda
referirse a los documentos sugeridos más arriba. N.T.). Las tareas más
arduas para la carne y la sangre son precisamente el dominio de sí mismo
en el uso de bebidas, comidas y los placeres sexuales que acompañan a
la propagación de la especie. Es por ello que la abstinencia y la castidad
deben ser reconocidas como las fases principales y ordinarias de esta virtud.
Todo lo dicho hasta aquí recibe mayor sustento si aceptamos que el dominio
de sí mismo exigido por la templanza se mide no únicamente por
la norma de la razón, sino también por la ley de Dios. Es llamada
virtud cardinal porque la moderación requerida por cada hábito
recto encuentra un desafío especialmente elevado en la práctica
de la templanza. Las satisfacciones sobre las que debe gobernar son a la vez
totalmente naturales y necesarias en el orden presente de la existencia humana.
A pesar de ello, no es la mayor de las virtudes morales. Ese lugar lo ocupa
la prudencia. Enseguida vienen la justicia, la fortaleza, y por último
la templanza.
JOSEPH F. DELANY
Transcrito por Shannon Linzer.
Traducido por Javier Algara Cossío.