Los signos de la Iglesia son ciertas señales inconfundibles,
o características distintivas que hacen fácilmente reconocible
a la Iglesia para todos, y claramente la distinguen de toda otra sociedad
religiosa, especialmente de aquellas que pretenden ser cristianas
en doctrina y origen. Que tales signos externos son necesarios a la
verdadera Iglesia está claro a partir del motivo y finalidad
que Cristo tenía en vista cuando hizo su revelación
y fundó una Iglesia. La finalidad de la redención fue
la salvación de los hombres. Por eso, Cristo anunció
las verdades que los hombres debían tener presentes y obedecer.
Estableció una Iglesia a la que encargó el cuidado y
la exposición de esas verdades y, consiguientemente, la hizo
obligatoria para todos los hombres que la conocieran y la oyeran (Mateo,
18,17). Es obvio que esta Iglesia, que toma el lugar de Cristo, y
va a llevar a cabo su obra reuniendo en su redil a los hombres y salvando
sus almas, debe ser evidentemente discernible para todos. No debe
caber duda respecto a cual sea la verdadera Iglesia de Cristo, la
única que ha recibido, y ha preservado intacta la Revelación
que Él le dio para la salvación del hombre. Si fuera
de otro modo se habría frustrado la finalidad de la Redención,
la sangre de Cristo se habría derramado en vano, y el destino
eterno del hombre estaría a merced de la suerte. Sin duda,
por tanto, Cristo, el legislador omnisciente, imprimió en su
Iglesia algunos signos externos distintivos por los cuales, con la
utilización una diligencia ordinaria, todos pueden distinguir
la Iglesia real de la falsa, la sociedad de la verdad de entre las
filas del error. Estos signos provienen de la propia esencia de la
Iglesia, son propiedades inseparables de su naturaleza y reveladoras
de su carácter, y en su propio y cristiano sentido, no pueden
encontrarse en ninguna otra institución. En la fórmula
del Concilio de Constantinopla (año 381), se mencionan cuatro
signos de la Iglesiaunidad, santidad, catolicidad, apostolicidadque
se cree por muchos teólogos son exclusivamente los signos de
la Verdadera Iglesia. El presente artículo considera la unidad.
I. Algunas falsas nociones de unidad.
Todos admiten que algún tipo de unidad es indispensable para
la existencia de una sociedad bien ordenada, sea civil, política
o religiosa. Muchos cristianos, sin embargo, mantienen que la unidad
necesaria para la verdadera Iglesia de Cristo no necesita más
que un cierto vínculo espiritual interno, o, si es externo,
necesita serlo sólo de un modo genérico, puesto que
todos reconocen al mismo Dios y reverencian al mismo Cristo. Así,
muchos protestantes creen que la única unión necesaria
para la Iglesia es la que viene de la fe, esperanza y amor a Cristo;
en adorar al mismo Dios, obedecer al mismo Señor, y creer las
mismas verdades fundamentales que son necesarias para la salvación.
Esto lo consideran ellos como unidad de doctrina, organización
y culto. Una unidad espiritual semejante es todo lo que requieren
los cismáticos griegos. En tanto que profesan una fe común,
son gobernados por la misma ley general de Dios bajo una jerarquía,
y participan en los mismos sacramentos, ven a las distintas iglesias
Constantinopla, Rusa, Antioquenacomo disfrutando de la
unión de la única verdadera Iglesia; está la
cabeza común, Cristo, y el único Espíritu, y
eso basta. Los anglicanos, de forma parecida, enseñan que la
única Iglesia de Cristo se compone de tres ramas: los griegos,
los romanos y los anglicanos, cada una de ellas teniendo una legítima
jerarquía diferente, pero todas unidas por un vínculo
espiritual común.
II. Verdadera noción de unidad.
La concepción católica del signo de unidad, que debe
caracterizar a la única Iglesia fundada por Cristo es mucho
más exigente. No sólo la Iglesia verdadera debe ser
una por unión interna y espiritual, sino que esta unión
debe también ser externa y visible, consistiendo en y resultando
de una unidad de fe, de culto y gobierno. De ahí que la Iglesia
que tiene a Cristo por su fundador no debe caracterizarse por cualquier
unión meramente accidental o espiritual interna, sino, por
encima de eso, debe unir a sus miembros en una unidad de doctrina,
expresada mediante una profesión pública, externa; en
unidad de culto, manifestada principalmente en la recepción
de los mismos sacramentos; y en unidad de gobierno, por la que todos
sus miembros están sujetos y obedecen a la misma autoridad
que fue instituida por el mismo Cristo. Con respecto a la fe o doctrina
puede objetarse que en ninguna de las sectas cristianas hay estricta
unidad, puesto que todos sus miembros no son conocedores en todas
las épocas de las mismas verdades que hay que creer. Algunos
prestan su adhesión a ciertas verdades que otros no conocen.
Aquí es importante señalar la distinción entre
el hábito y el objeto de la fe. El hábito o la disposición
subjetiva del creyente, aunque específicamente igual en todos
difiere numéricamente según los individuos, pero la
verdad objetiva a la que se presta adhesión es una y la misma
para todos. Puede haber tantos hábitos de fe numéricamente
distintos como individuos distintos tengan el hábito, pero
no es posible que hay una diversidad en las verdades objetivas de
la fe. La unidad de fe se manifiesta por todos los fieles manifestando
su adhesión al mismo y único objeto de fe. Todo admiten
que Dios, la Suprema Verdad, es el autor primario de su fe, y de su
explícita voluntad de someterse a la misma autoridad externa
a la que Dios ha dado el poder de anunciar lo que ha sido revelado,
deriva que su fe, incluso en verdades explícitamente desconocidas,
es implícitamente externa. Todos están preparados para
creer lo que Dios ha revelado y la Iglesia enseña. Similarmente,
las diferencias accidentales en formas ceremoniales no deben interferir
lo más mínimo con la esencial unidad de culto, que ha
de considerarse primaria y principalmente en la celebración
del mismo sacrificio y la recepción de los mismos sacramentos.
Todos son expresivos de la única doctrina y sujetos a la misma
autoridad.
III. La verdadera Iglesia de Cristo es Una.
Que la Iglesia que Cristo instituyó para la salvación
del hombre debe ser una en el sentido estricto del término
que acabamos de explicar, es ya evidente por su misma naturaleza y
finalidad; la verdad es una, Cristo reveló la verdad y la dio
a su Iglesia, y los hombres deben salvarse conociendo y siguiendo
la verdad. Pero la esencial unidad de la verdadera Iglesia cristiana
es también explícita y repetidamente declarada por todo
el Nuevo Testamento:
Hablando de su Iglesia, el Salvador la llamó un reino, el
reino del cielo, el reino de Dios (Mateo, 13, 24,31,33 ; Lucas 13,18;
Juan 18,36);
la comparó a una ciudad cuyas llaves se confiaban a los apóstoles
(Mateo, 5,14; 16,19);
a un redil al que todas sus ovejas debían venir y estar unidas
bajo un solo pastor (Juan 10, 7-17);
a una vid y sus sarmientos, a una casa construida sobre una roca
contra la que ni siquiera los poderes del infierno prevalecerían
nunca (Mateo 16,18).
Además, el Salvador, justo antes de su pasión, rogó
por sus discípulos, por aquellos que después iban a
creer en Él --su Iglesiapara que fueran y permanecieran
uno como Él y el Padre eran uno (Juan 17,20-23); y
Él ya les había advertido que "todo reino dividido
contra sí mismo queda desolado; y toda ciudad o casa dividida
contra sí misma no podrá subsistir" (Mateo, 12,25).
Estas palabras de Cristo son expresivas de la unidad más íntima.
San Pablo de igual modo insiste en la unidad de la Iglesia.
Califica el cisma y la desunión como crímenes que clasifica
con el asesinato y el libertinaje, y declara que los culpables de
las "disensiones" y "sectas" no heredarán
el reino de Dios (Gálatas, 5, 20-21).
Al oír de estos cismas entre los corintios, pregunta impacientemente:
"żEstá dividido Cristo? żAcaso fue Pablo crucificado por
vosotros? żO habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?"
(I Cor. 1,13).
Y en la misma Epístola describe la Iglesia como un cuerpo
con muchos miembros distintos entre sí, pero unos con Cristo,
su cabeza: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos
bautizados para no formar más que un solo cuerpo, judíos
y griegos, esclavos y libres." (I Cor. 12,13). Para mostrar la
íntima unión de los miembros de la Iglesia con el único
Dios, pregunta: "El cáliz de bendición que bendecimos,
żno es acaso comunión con el cuerpo de Cristo? Y el pan que
partimos żno es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun
siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos
de un solo pan" (I Cor. 10,16-17)
De nuevo en su Epístola a los Efesios enseña la misma
doctrina, y les exhorta a poner "empeño en conservar la
unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" y
les recuerda que hay "un solo cuerpo y un solo espíritu,
un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios
y Padre de todos" (Efesios, 4,3-6).
Ya en una de sus primeras Epístolas, había advertido
a los fieles de Galacia que si alguien, incluso un ángel del
cielo, les predicaba otro Evangelio distinto del que él había
predicado, "ˇsea anatema!" (Gálatas, 1,8)
Tales declaraciones como las que provienen de los grandes apóstoles
son una clara evidencia de la esencial unidad que debe caracterizar
a la verdadera Iglesia Cristiana.
Los otros apóstoles también proclaman persistentemente
esta esencial y necesaria unidad de la Iglesia de Cristo (cf. I Juan,
4, 1-7; Apoc. 2, 6,14,15,20-29; II Pedro, 2,1-19; Judas,5,19). Y aunque
surgieron divisiones de vez en cuando en la primitiva Iglesia, fueron
rápidamente dominadas y los alborotadores expulsados así
que incluso desde el principio los cristianos pueden jactarse de ser
de "un solo corazón y una sola alma" (Act. 4,32;
cf. Act. 11,22; 13,1). La tradición es unánime en el
mismo sentido. En cuanto la herejía amenazaba invadir la Iglesia,
los Padres se alzaron contra ella como un mal esencial.
La unidad de la Iglesia fue el objeto de casi todas las exhortaciones
de San Ignacio de Antioquia ("Ad Ephes.", n. 5,16-17; "Ad
Philadelph.", n.3)
San Ireneo fue incluso más lejos, y enseñó que
la prueba de la única verdadera Iglesia, en solo la cual estaba
la salvación, era su unión con Roma ("Adv.haeres.",
III, iii).
Del mismo modo Tertuliano comparaba la Iglesia a un arca fuera de
la cual no hay salvación, y mantenía que sólo
el que aceptaba todas las doctrinas transmitidas por las Iglesias
Apostólicas, especialmente por la de Roma, pertenecía
a la verdadera Iglesia ("De praescript., xxi).
La misma afirmación fue sostenida por Clemente de Alejandría
y por Orígenes, que decían que fuera de la única
Iglesia visible nadie podía salvarse.
San Cipriano en su tratado sobre la unidad de la Iglesia dice: "Dios
es uno, y Cristo uno, y una la Iglesia de Cristo" ("De eccl.unitate,
xxiii); y de nuevo en sus epístolas insiste en que no hay sino
"la Iglesia fundada bajo Pedro por Cristo el Señor"
(Epist. 70 ad Jan.) y que no hay sino "un altar y un sacerdocio"
(Epist.40,v).
Muchos más testimonios de unidad pueden aducirse de los Santos
Jerónimo, Agustín, (Juan) Crisóstomo,
y los demás Padres, pero sus enseñanzas son ya demasiado
bien conocidas. La larga lista de concilios, la historia y tratamiento
de herejes y herejías en cada siglo muestra más allá
de la duda que la unidad de doctrina, de culto, y de autoridad ha
sido siempre considerada como un signo esencial y visible de la verdadera
Iglesia Cristiana. Como se muestra arriba, fue intención de
Cristo que su Iglesia fuera una, y que lo fuera, no de una manera
accidental o interna, sino esencial y visiblemente. La unidad es el
signo fundamental de la Iglesia, pues sin ella los otros signos no
tendrían significación, ya que en realidad no existiría
la propia Iglesia. La unidad es la fuente de fuerza y organización,
como la discordia y el cisma lo son de debilidad y confusión.
Dada una autoridad sobrenatural que todos respetan, una doctrina común
que todos profesan, una forma de culto sujeta a la misma autoridad
y expresiva de la misma enseñanza centrada en un único
sacrificio y en la recepción de los mismos sacramentos, los
otros signos de la Iglesia se deducen necesariamente y son fácilmente
comprendidos.
Que el signo de unidad que es distintivo y esencial a la verdadera
Iglesia de Cristo no va a encontrarse en ninguna otra que la Iglesia
Católica Romana, se deduce naturalmente de lo que se ha dicho.
Todas las teorías de unidad abrigadas por las sectas están
lamentablemente en discordancia con el verdadero y apropiado concepto
de unidad que se ha definido arriba y que fue enseñado por
Cristo, los Apóstoles y toda la Tradición ortodoxa.
En ningún otro organismo cristiano hay unidad de fe, de culto,
y de disciplina. Entre dos de las cientos de sectas no católicas
no hay un vínculo común de unión; cada una tiene
una cabeza diferente, una fe diferente y un culto diferente. Ni siquiera,
incluso entre los miembros de cualquier secta hay tal cosa como una
real unidad, pues su primer y destacado principio es que cada uno
es libre de creer y hacer cuanto desee. Hay constantemente separaciones
en nuevas sectas y subdivisiones de sectas mostrando que tienen en
sí mismas las semillas de la desunión y la desintegración.
Las divisiones y subdivisiones han sido siempre características
del Protestantismo. Esto es ciertamente un cumplimiento literal de
las palabras de Cristo: "Toda planta que no haya plantado mi
Padre celestial será arrancada de raíz" (Mt.15,13);
y "todo reino dividido contra sí mismo queda desolado,
y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá
subsistir" (Mateo, 12,25).
CHARLES J. CALLAN
Transcrito por Thomas Hancil
Traducido por Francisco Vázquez