En la liturgia Cristiana el pan
se usa principalmente como uno de los elementos del sacrificio Eucarístico.
Nuestro Divino Señor consagró pan y vino en la Ultima Cena, y mandó
a sus discípulos hacer lo mismo en conmemoración Suya, y así, desde
entonces, pan hecho de harina batida ha sido ofrecido en el altar por
el sacerdote celebrante para consagrarlo en el Cuerpo del Señor. Es
un asunto debatido si en la institución de la Sagrada Eucaristía, Cristo
usó pan con levadura o sin levadura, puesto que pueden obtenerse diferentes
conclusiones, de una parte, del evangelio de San Juan y, de otra, de
los Evangelios sinópticos. La historia no establece en forma definitiva
cual fue la práctica de los Apóstoles y sus sucesores, pero puede afirmarse
con alguna probabilidad, que ellos hacían uso del pan que estuviera
a la mano, bien fuese ázimo o fermentado. Costumbres diferentes comenzaron
a surgir gradualmente en diferentes localidades y luego se convirtieron
en tradición. Las Iglesias Orientales generalmente hacían uso del pan
con levadura y todavía lo hacen, mientras que las Iglesias Occidentales
declararon su preferencia por el pan ázimo. Al momento del cisma esta
diferencia de práctica dio pie a mucha discusión sobre el valor de sus
respectivas pretensiones en el seguimiento del ejemplo de Cristo, y
fomentó amargas controversias aún en años recientes. Cualquier clase
de pan, por supuesto, es materia válida para el sacrificio, así que
la diferencia de la usanza sería de poca importancia dogmática. (ver
ACIMOS).
En la Iglesia primitiva el pan y
el vino para el sacrificio eran llevados al altar por los fieles, contribuyendo
cada uno con su parte. Un vestigio de esta práctica puede verse ahora
en el rito de consagración de un obispo, pues en el Ofertorio, el obispo
recién consagrado presenta al consagrante, entre otras ofrendas, dos
hogazas de pan, una de las cuales es dorada y la otra plateada, ambas
adornadas con el escudo de armas del consagrante y el obispo. Un uso
similar se encuentra en la ceremonia de la solemne canonización de santos,
donde en el ofertorio, uno de los cardenales presbíteros hace un ofrecimiento
al papa de dos hogazas de pan, una dorada y otra plateada. Aunque al
comienzo el pan que servía para uso común era ofrecido en el altar,
no obstante, la creciente veneración por la Sagrada Eucaristía pronto
realizó el cambio, así que los panes para el altar fueron especialmente
preparados, asignándoles una forma redonda de espesor moderado, y fueron
estampados con una cruz o algún otro emblema religioso significante
con referencia especial a Nuestro Señor en la Eucaristía. Estas hostias
llegaron a ser más pequeñas y delgadas en la Iglesia Occidental hasta
que asumieron la forma ligera a modo de oblea ahora tan común en la
Sagrada Eucaristía; pan así sirve para el ofrecimiento del sacrificio,
y después de la consagración para la Comunión del celebrante, el clero,
los laicos, así como para la reservación para que la Comunión pueda
ser llevada al ausente, o que el Bendito Sacramento pueda ser adorado
en el tabernáculo o en la custodia. En Roma, en un tiempo era costumbre
del papa enviar una parte del pan consagrado a los sacerdotes en las
iglesias titulares de forma tal que todos pudieran unirse en el ofrecimiento
del mismo sacrificio así que este fermento, como fue llamado, pudiera
en sentido espiritual fermentar la masa completa de los fieles, hacerlos
uno con el papa en fe y adoración. Los Obispos también solían enviar
el Pan Eucarístico a sus sacerdotes con el mismo propósito y también
unos a otros para significar que se admitían unos a otros en la comunión
eclesiástica. Para prevenir abusos y profanación al Sacramento, esta
costumbre fue tempranamente prohibida y pronto desapareció. Entonces
comenzó la usanza de enviar pan bendito en lugar de la Sagrada Eucaristía
a aquellos que no comulgaran en la Misa, y a quienes pudieran desear
recibir este regalo como una prenda de comunión de fe. Los que no comulgaban
recibían pan ofrecido en el Ofertorio de la Misa pero no consagrado.
Este parece no haber recibido otra bendición que la de la plegaria del
Ofertorio, y era considerado bendito porque formaba parte de la oblación.
Este pan es llamado eulogia, porque es bendito y porque una bendición
acompaña su uso; también es llamado antidoron, porque es un sustituto
para el doron, la ofrenda real, que es la Sagrada Eucaristía. El eulogia
está prescrito en las liturgias de San Basilio y San Juan Crisóstomo,
pero ahora es distribuido a todos, comulgantes y no comulgantes. Existía
también en el Occidente, y es mencionado por San Gregorio de Tours,
el Concilio de Nantes, y León IV, en términos que lo harían aparecer
como una costumbre universal.
Las
pequeñas hogazas o tortas de pan que recibían una bendición especial
y eran luego enviadas por los obispos y sacerdotes a otros, como regalos
en señal de afecto fraterno y comunión eclesiástica eran también llamadas
eulogiae. Las personas a quienes era negado el eulogia, eran consideradas
fuera de la comunión de los fieles, y así los obispos algunas veces
lo enviaban a una persona excomulgada para indicar que la censura había
sido removida. Más tarde, cuando los fieles ya no suministraban el pan
del altar, surgió la costumbre de llevar pan a la iglesia con el propósito
especial de tenerlo bendito y distribuido entre los presentes como señal
de mutuo amor y unión, y esta costumbre todavía existe en la Iglesia
Occidental, especialmente en Francia. Este pan bendito era llamado panis
benedictus, panis lustratus, panis lustralis, y ahora es conocido en
Francia como pain bénit. Difiere del eulogia mencionado arriba, porque
no es parte de la oblación de la cual se selecciona la partícula que
va ser consagrada en la Misa, sino más bien es pan común que recibe
una bendición especial. En muchos lugares es costumbre que cada familia
en turno obsequie el pan en Domingos y días festivos, mientras en otros
lugares solamente lo proveen las familias más ricas. Generalmente el
pan es presentado con alguna solemnidad en el Ofertorio de la Misa parroquial,
y el sacerdote lo bendice antes de la Oblación de la Hostia y el Cáliz,
pero existen diferentes costumbres en diferentes diócesis. La oración
ordinariamente utilizada para la bendición es la primera o la segunda:
benedictio panis impresa en el misal y ritual Romano. Los fieles eran
exhortados a participar de él en la iglesia, pero frecuentemente era
llevado a casa. Este pan bendito es un sacramental, el cual animaría
a los Cristianos a practicar especialmente las virtudes de la caridad
y unidad de espíritu, y que trae bendiciones a quienes participan de
él con debida devoción. La Iglesia, cuando lo bendice, suplica que aquellos
que lo comen puedan recibir salud tanto física como espiritual: ut
omnes ex eo gustantes inde corporis et animae percipant sanitatem;
ut sit omnibus sumentibus salus mentis et corporis. En algunos
casos el pain bénit era utilizado no solamente con significado supersticioso,
y sus virtudes exageradas más allá de toda medida, sino también con
propósitos profanos. Este uso fue llevado de Francia a Canadá, y se
practicaba principalmente en la provincia de Quebec. Allí el pain bénit
era bendecido inmediatamente después del Asperges, y luego distribuido
a los que asistían a Misa mayor. Los feligreses a su vez lo proveían,
y competían unos con otros para ofrecer el pain bénit tan rico y fino
como fuese posible, hasta que finalmente los obispos, viendo que aquello
ocasionaba demasiado gasto encima de las pobres circunstancias, lo prohibieron.
Poco más o menos en los últimos veinticinco o treinta años, la costumbre
ha desaparecido completamente.
En el ritual Romano actual hay seis
bendiciones para el pan. Dos de estas, llamadas simplemente benedictio
panis, y como se mencionó antes, son a menudo utilizadas para bendecir
el panis bénit. La tercera, denominada benedictio panis et placentarum
(bendición del pan y las tortas), se encuentra en el apéndice entre
las bendiciones que no son reservadas. Las otras tres están aprobadas
para localidades particulares, y son bendiciones especiales dadas bajo
la invocación de ciertos santos, usualmente en sus días de fiesta, con
el fin de obtener favores especiales mediante su intercesión. La primera,
aprobada para la Arquidiócesis de Colonia, es una bendición de pan,
agua y sal, dada bajo la invocación de San Huberto; la segunda, aprobada
para la Diócesis de Bois-le-Duc, es una bendición de pan y agua bajo
la invocación de San Macuto, y la tercera, para la Diócesis de Urgel,
es una bendición de pan, vino, agua y fruta para ser usados en la fiesta
de San Blasio. Algunos otros lugares tienen aprobación local de bendición
de pan en ciertos días festivos, como por ejemplo en la fiestas de Santa
Genoveva, de San Nicolás de Tolentino y otros.
También se usa pan en el rito de
ordenación de sacerdotes, como una Hostia colocada sobre la patena que
el candidato toca, para significar el poder que se le da para consagrar
pan en el Cuerpo de Cristo. También algunas veces es prescrito en las
rúbricas que el obispo, después de utilizar los Santos Oleos, como por
ejemplo en la confirmación y ordenación, limpiará sus dedos con migas
de pan. Tales son, en la liturgia Cristiana, los usos más importantes
y generales del pan, que, como se verá, están limitados principalmente
a la Sagrada Eucaristía. Con excepción de algunas pocas bendiciones
de pan para propósitos especiales, la mayoría de estos usos están estrechamente
conectados con el sacrificio Eucarístico, y generalmente derivan su
origen de ceremonias practicadas con el pan Eucarístico. (Ver ANTIDORON,
ACIMOS, EUCARISTIA, EULOGIA)
J.F. GOGGIN
Transcrito por Joseph P. Thomas
Traducido del Inglés por Daniel Reyes V.