Toda
cosa existente es verdadera, en cuanto es la expresión de una idea
que existe en la mente de Dios, y es, por así decir, el ejemplar conforme
al cual ha sido creada o modelada la cosa. Igual que las creaciones
humanasuna catedral, una pintura, o un poema épicose ajustan
o encarnan las ideas del arquitecto, del artista o del poeta, así,
sólo que de una manera más perfecta, las criaturas de Dios se ajustan
y encarnan las ideas de Aquel que les da el ser. (Q.D., De verit.; aa.4; Summa I:16:1 ). Las cosas que existen, además,
son activas tanto como pasivas. Tienden no sólo a desarrollarse, y
así a realizar cada vez más perfectamente la idea para cuya expresión
han sido creadas, sino que tienden también a reproducirse ellas mismas.
La reproducción se consigue dondequiera que hay interacción entre
cosas diferentes, pues un efecto, en tanto que procede de una causa
dada, debe parecerse a esa causa. Ahora bien, la causa del conocimiento
en el hombre esúltimamente, en cualquier casola cosa que
es conocida. Mediante sus actividades causa en el hombre una idea
que es semejante a la idea encarnada en la cosa misma. De ahí pues,
que se pueda decir que las cosas son ontológicamente verdaderas en
cuanto son a la vez el objeto y la causa del conocimiento humano (Cf.
IDEALISM; y Summa, I:16:7 y I:16: 8; m 1, periherm.,
1. III,; Q.D., I, De veritate, a. 4.)
II. Verdad Lógica
A. La
teoría escolástica
Juzgar
que las cosas son lo que son es juzgar verdaderamente. Todo juicio
comprende ciertas ideas que se refieren a, o niegan, la realidad.
Pero no son esas ideas las que son el objeto de nuestro juicio. Son
meramente los instrumentos por medio de los cuales juzgamos. El objeto
sobre el cual juzgamos es la realidad misma o bien cosas concretas
que existen, sus atributos y sus relaciones, u otras entidades cuya
existencia es meramente conceptual o imaginaria, como en el drama,
la poesía o ficción, pero en cualquier caso entidades que son reales
en el sentido de que su ser es otro que nuestro pensamiento presente
sobre ellas. La realidad por tanto es una cosa y las ideas y juicios
por medio de las cuales pensamos sobre la realidad, otra; una objetiva,
y los otros subjetivos. Con todo, diversos como son, la realidad está
de algún modo presente en ellos, si no presente en la conciencia cuando
pensamos, y de alguna manera se revela la naturaleza de la realidad
por medio del pensamiento. Siendo éste el caso, el único término adecuado
para describir la relación que existe entre pensamiento y realidad,
cuando nuestros juicios sobre esta última son juicios verdaderos,
parecería ser la conformidad o correspondencia. Veritas logica
est adaequatio intellectus et rei (Summa, I :21:2). Siempre
que la verdad es predicable de un juicio, ese juicio corresponde,
o se parece a la realidad, cuya naturaleza o atributos revela. Todo
juicio está, sin embargo, como hemos dicho, hecho de ideas, y pueden
analizarse lógicamente como sujeto y predicado, que están unidos por
la cópula es, o separados
por la expresión no es.
Si el juicio fuera verdadero, por tanto, estas ideas deben también
ser verdaderas, esto es, deben corresponder con las realidades que
significan. Como, sin embargo, esta referencia objetiva o significación
de las ideas no se reconoce ni se establece excepto en el juicio,
las ideas como tales se dice que son sólo materialmente
verdaderas. Es solo el juicio el que es formalmente verdadero, puesto
que solo el juicio es una referencia hecha formalmente a la realidad,
y a la verdad reconocida o afirmada como tal.
El
juicio negativo parece a primera vista constituir una excepción a
la norma general de que la verdad es una correspondencia; pero no
es este realmente el caso. En el juicio afirmativo ambos, sujeto y
predicado y la unión entre ellos, de cualquier clase que sea, están
referidos a la realidad; pero en el juicio negativo negamos que el
predicado tenga realidad en el caso particular a que se refiere el
sujeto. Por otro lado, todos esos predicados tienen realidad en algún
lugar, de otro modo no hablaríamos de ellos. O son cualidades reales
o cosas reales, o en cualquier caso alguien los ha concebido como
reales. Por consiguiente, puede también decirse que el juicio negativo,
si es verdadero, corresponde con la realidad, puesto que ambos, sujeto
y predicado, serán reales en alguna parte, bien como existentes o
bien como concepciones. Lo que negamos, de hecho en el juicio negativo
no es la realidad del predicado, sino la realidad de la conjunción
mediante la que unimos a sujeto y predicado en la afirmación que implícitamente
cuestionamos o negamos. El sujeto y el predicado pueden ambos ser
reales, pero si nuestro juicio es verdadero, estarán separados, no
unidos en la realidad.
Pero,
¿qué es precisamente esta realidad con la que se dice que los juicios
verdaderos y las ideas verdaderas se corresponden? Es bastante fácil
comprender cómo las ideas pueden corresponder con realidades que son
ellas mismas conceptuales o ideales, pero la mayor parte de las realidades
que conocemos no son de esta clase. Entonces, ¿cómo pueden las ideas
y sus uniones y separaciones, que son de carácter psíquico, corresponderse
con realidades que en su mayor parte no son psíquicas sino materiales?
Para resolver este problema debemos retroceder a la verdad ontológica
que, como vimos, implica la creación del universo por Uno que, al
crearlo, ha expresado en él sus propias ideas mucho más que un arquitecto
o un autor expresa sus ideas en las cosas que crea excepto que la
creación en este último caso supone un material ya existente. Nuestra
teoría de la verdad supone que el universo está construido según un
plan definido y racional, y que todo en el universo expresa o encarna
una parte integrante y esencial de ese plan. De donde se sigue que
igual que en un edificio o en una escultura vemos el plan y el designio
que se realiza en ella, así, en nuestra experiencia de las cosas concretas,
por medio de la misma facultad intelectual, aprehendemos las ideas
que encarnan o expresan. La correspondencia por tanto, en la que consiste
la verdad no es una correspondencia entre ideas y algo material como
tal, sino entre ideas tal como existen en nuestra mente y funcionan
en nuestros actos de cognición, y la idea que la realidad expresa
o encarnaideas que tienen su origen y prototipo en la mente
de Dios.
Con
respecto a los juicios de tipo más abstracto o general, el funcionamiento
de este criterio es bastante simple. Las realidades a las que se refieren
los conceptos abstractos no tienen existencia material como tal. No
hay tal cosa, por ejemplo, como una acción o reacción en general;
ni hay doses o cuatros. Lo que queremos decir cuando decimos que la
acción y la reacción son iguales y opuestas, o que dos
más dos son cuatro, es que estas leyes, que por su propia naturaleza
son ideales, se realizan o actualizan en el universo material en el
que vivimos; o, en otras palabras, que las cosas materiales que vemos
a nuestro alrededor se comportan de acuerdo con estas leyes, y por
medio de su actividad las hacen manifiestas a nuestras mentes.
Los
juicios de percepción, esto es, los juicios que habitualmente acompañan
y dan expresión a actos de percepción, difieren de los anteriores
en que se refieren a objetos que son inmediatamente presentes a nuestros
sentidos. Las realidades en este caso, por tanto, son cosas concretas
que existen. Es, sin embargo, más bien con la apariencia de tales
cosas con la que nuestro juicio se relaciona más que con su naturaleza
esencial o constitución interna. Así, cuando predicamos colores, sonidos,
olores, sabores, dureza o blandura, calor o frío de este o ese objeto,
no hacemos afirmación alguna sobre la naturaleza de tales cualidades,
aún menos sobre la naturaleza de la cosa que las posee. Lo que afirmamos
es que tal y tal cosa existe, y
1.
que tiene una cierta cualidad objetiva, que llamamos verde, o pesada,
o dulce, o dura, o caliente, para distinguirla de otras cualidades
roja, o blanda, o amarga, o fría a las que no es idéntica; mientras
que
2.
nuestra afirmación implica además que la misma cualidad le parecerá
de modo similar a cualquier hombre normalmente constituido, esto es,
le afectará del mismo modo que nos afecta a nosotros.
Según
eso, si en el mundo real se consigue tal condición de las cosassi,
esto hay que decirlo, la cosa en cuestión existe y tiene de hecho
alguna propiedad distintiva y peculiar por la cual afecta a mis sentidos
de una manera peculiar y distintami juicio es verdadero.
La
verdad de los juicios de percepción de ningún modo implica una correspondencia
exacta entre lo que se percibe y las imágenes, o sensaciones complejas
por las que percibimos; ni la teoría escolástica necesita de tal criterio.
No es la imagen o sensación compleja, sino la idea, la que en el juicio
se refiere a la realidad, y la que nos da el conocimiento de la realidad.
El color y otras cualidades de las cosas objetivas son indudablemente
percibidas por medio de la sensación de una cualidad o tono peculiar
y distinto, pero nadie imagina que esto presupone similares sensaciones
en el objeto percibido. Es por medio de la idea de color y sus diferencias
específicas que se predican los colores de los objetos, no por medio
de las sensaciones. Tal idea no podría, en realidad, surgir si no
fuera por las sensaciones que la acompañan y la condicionan en la
percepción; pero la idea misma no es una sensación, ni forma parte
de la sensación. Las ideas tienen su origen en la experiencia sensible
y son indefinibles, en cuanto experiencia inmediata, salvo por referencia
a tal experiencia y por diferenciación de experiencias en las que
se presentan otras y diferentes propiedades de los objetos. Concedido,
por tanto, que las diferencias en lo que técnicamente se conoce como
la calidad de la sensación corresponden a diferencias
en las propiedades objetivas de las cosas, la verdad de los juicios
de percepción está asegurada. No se requiere otra correspondencia;
pues la correspondencia que la verdad postula es entre la idea y la
cosa, no entre la sensación y la cosa. La sensación condiciona el
conocimiento, pero no es conocimiento como tal. Es, por así decir,
un enlace entre la idea y la cosa. Las diferencias de sensación son
determinadas por la actividad causal de las cosas; y de la sensación
compleja, o imagen se deriva la idea por un instintivo y casi intuitivo
acto de la mente que llamamos abstracción. Así la idea que inconscientemente
expresa la cosa encuentra su expresión consciente en el acto del conocedor,
y la vasta combinación de relaciones y leyes que están de
facto encarnadas en el universo material se reproducen a sí mismas
en la conciencia del hombre. La correspondencia entre pensamiento
y realidad, idea y cosa, o conocedor y conocido, por tanto, resulta
en todos los casos pertenecer a la propia esencia de la relación de
verdad. De ahí que, dicen los oponentes a nuestra teoría, en orden
a conocer si nuestros juicios son o no verdaderos, debemos compararlos
con las realidades que son conocidas una comparación que es
obviamente imposible, puesto que la realidad sólo puede ser conocida
a través del instrumento del juicio. Esta objeción, que se va a encontrar
en casi todos los libros no escolásticos que traten este asunto, se
basa en un grave error de concepto sobre el significado real de la
doctrina escolástica. Ni Santo Tomás ni ningún otro de los grandes
escolásticos ha afirmado nunca que la correspondencia sea el criterio
escolástico de la verdad. Inquirir qué sea la verdad, es una cuestión;
preguntar cómo conocemos que hemos juzgado verdaderamente, es otra
enteramente distinta. De hecho, la posibilidad de responder la segunda
se supone por el mero hecho de que se plantea la primera. Para ser
capaces de definir la verdad, primero debemos poseerla y saber que
la poseemos, esto es, debemos ser capaces de distinguirla del error.
No podemos definir lo que no podemos distinguir y hasta cierto punto
aislar. La teoría escolástica supone, por tanto, que la verdad ya
ha sido distinguida del error, y procede a examinar la verdad con
vistas a descubrir en qué consiste precisamente. Este punto de vista
es epistemológico, no criteriológico. Cuando dice que la verdad es
correspondencia, está afirmando lo que la verdad es, no por medio
de qué signos o indicios puede ser distinguida del error. La cuestión
de los criterios de la verdad apenas fue tocada por los escolásticos
antiguos. Discutían los criterios de razonamiento válido en sus tratados
de lógica, pero por lo demás dejaban la discusión de los criterios
particulares a la metodología de las ciencias particulares. Y lo hacían
correctamente, pues realmente no hay criterios de aplicación universal.
La distinción entre verdad y error es en el fondo intuitiva. No podemos
seguir creando criterios ad infinitum. En algún punto
debemos llegar a lo que es último, o primeros principios o hechos.
Esto
es precisamente lo que afirma la teoría escolástica de la verdad.
Por respeto a la moderna demanda de un criterio infalible y universal
de verdad, no pocos autores escolásticos tardíos han sugerido la evidencia
objetiva. La evidencia objetiva, sin embargo, no es nada más que la
manifestación del objeto mismo, directa o indirectamente, a la mente,
y de ahí que no sea estrictamente un criterio de verdad. Como expone
el Père Geny en su panfleto discutiendo Une nouvelle théorie
de la connaissance", afirmar que la evidencia es el último criterio
de la verdad es equivalente a afirmar que el conocimiento propiamente
dicho no tiene necesidad de criterio, puesto que es absurdo un conocimiento
que no haga conocer lo que conoce. Una vez aceptado, como deben aceptar
todos los que deseen evitar un absoluto escepticismo, que el conocimiento
es posible, de ahí se sigue que, usadas apropiadamente, nuestras facultades
deben ser capaces de proporcionarnos la verdad. Sin duda, la coherencia
y la armonía con los hechos son pro
tanto signos de presencia de la verdad en nuestras mentes; pero
lo que necesitamos en la mayor parte de los casos no son signos de
verdad, sino signos o criterios de error no pruebas por las
cuales descubrir cuando nuestras facultades han funcionado bien, sino
pruebas por las cuales descubrir cuando han
funcionado mal. Nuestros juicios serán verdaderos, esto es,
el pensamiento se corresponderá con su objeto, con tal de que el objeto
mismo, y no alguna otra causa, subjetiva u objetiva, determine el
contenido de nuestro pensamiento. Lo que tenemos que hacer, por tanto,
es tener cuidado de que nuestra afirmación se determine por la evidencia
con la que estamos confrontados, y por ella sola. Con respecto a los
sentidos esto significa que debemos cuidar de que estén en buenas
condiciones y que las circunstancias en las que están ejerciendo sean
normales; con respecto al intelecto lo que no debemos es permitir
que consideraciones irrelevantes pesen en nosotros, debemos evitar
la precipitación, y, hasta tanto sea posible, desembarazarse de sesgos,
prejuicios, y de una ansiosa voluntad de creer. Si se hace así, y
dado que haya suficiente evidencia, el juicio resultará necesaria
y naturalmente verdadero. La finalidad de la argumentación y discusión,
como de todos los demás procesos que conducen al conocimiento, es
precisamente que el objeto en discusión pueda manifestarse en sus
diversas relaciones, directa o indirectamente, a la mente. Y el objeto
tal como se manifiesta a sí mismo es lo que los escolásticos llaman
evidencia. Es el objeto, por tanto, lo que en su opinión es la causa
determinante de la verdad. Toda clase de procesos, tanto mentales
como físicos, pueden ser necesarios para preparar el camino para un
acto de cognición, pero en última instancia un acto tal debe ser determinado
en cuanto a su contenido por la actividad causal del objeto, que se
hace evidente a sí mismo produciendo en la mente una idea que es semejante
a la idea de la cual su propia existencia es la realización.
B. La teoría hegeliana
En
el Idealismo de Hegel y en el Absolutismo de la Escuela de Oxford
( de la que Mr. Bradley y Mr. Joachim son los más destacados representantes)
realidad y verdad son esencialmente una, esencialmente un todo orgánico.
La verdad, de hecho, no es sino realidad qua
pensada. Es un acto inteligente en el que el universo es pensado
como conjunto de infinitas partes o diferencias, todas orgánicamente
interrelacionadas y de algún modo inclinadas a la unidad. Y porque
la verdad es así orgánica, cada elemento dentro de ella, cada verdad
parcial, se modifica por las otras en tanto que se aparta de ellas,
y a su vez apartada del conjunto, no es sino un fragmento distorsionado,
una abstracción mutilada que en realidad no es verdad en absoluto.
Por consiguiente, puesto que la verdad humana es siempre parcial y
fragmentaria, no hay estrictamente tal cosa como una verdad humana.
Para nosotros la verdad es ideal, y desde ella nuestras verdades están
hasta tal punto separadas que, para convertirlas en la
verdad, tendrían que experimentar un cambio del que no sabemos
ni la medida ni el alcance.
El
carácter flagrantemente escéptico de esta teoría es suficientemente
obvio, y no hay ningún intento por parte de sus exponentes de negarlo.
Partir de la presunción de que concebir es mantener muchos elementos
juntos en una relación exigida por sus diversos contenidos,
y que ser concebible es ser un todo significativo, esto
es, un todo, tal que todos sus elementos constituyentes se determinen
recíprocamente unos a otros de forma que sean características contributivas
a una única significación concreta, el Dr. Joachim audazmente
identifica lo verdadero con lo concebible (Naturaleza
de la verdad, 66 ). Y puesto que ningún intelecto humano puede
concebir en este pleno y magnífico sentido, él admite francamente
que ninguna verdad humana pueda ser más que aproximada, y que al margen
de error que esta aproximación implica no se le puede fijar límites.
La verdad humana se extrae de la verdad absoluta o ideal cualesquiera
esencia y conservabilidad que posea (Green, Prolegom.,
artículo 77); pero no es, y nunca puede ser, idéntica a la verdad
absoluta, ni siquiera a una parte de ella, pues estas partes se modifican
una a otra esencial e intrínsecamente. Por su definición de la verdad
humana, por tanto, el absolutista se ve forzado a retroceder a la
doctrina escolástica de la correspondencia. La verdad humana representa
o se corresponde con la verdad absoluta en la medida en que nos presenta
esta verdad con más o menos desorden, o en la medida en que nos haría
falta más o menos para convertir la una en la otra (Bradley, Apariencia
y realidad, 363). Mientras
que ambas teorías señalan la correspondencia como característica esencial
de la verdad humana, hay esta fundamental diferencia entre ellas:
Para los escolásticos esta correspondencia, hasta donde llegue, debe
ser exacta; pero para los absolutistas es necesariamente imperfecta,
tan imperfecta, en realidad, que la última verdad de cualquier
proposición dada puede transformar enteramente su significado
original (Apariencia y realidad, 364). Admitir que la verdad humana es esencialmente
representativa es realmente admitir que la concepción es algo más
que el mero mantenimiento de muchos elementos juntos en una
relación exigida por sus diversos contenidos. Pero la falacia
de la teoría de la coherencia no descansa tanto en esto,
ni siquiera en la identificación de lo verdadero y lo concebible,
como en su presunción de que la realidad, y por tanto la verdad, es
orgánicamente una. El universo es indudablemente uno, en cuanto que
sus partes están interrelacionadas y son interdependientes; y de ahí
se sigue que no podemos conocer cualquier parte completamente salvo
que conozcamos el todo; pero no se sigue que no podamos conocer ninguna
parte en absoluto salvo que conozcamos el todo. Si cada parte tiene
alguna especie propia de ser, entonces puede ser conocida por lo que
es, conozcamos sus relaciones con las demás partes o no; y de manera
similar alguna de sus relaciones con las demás partes puede ser conocida
sin que conozcamos todas ellas. Ni se destruye la individualidad de
las partes del universo por su interdependencia; más bien se sostiene
por esa razón.
La
única base que tienen los hegelianos y los absolutistas para negar
estos hechos es que no cuadran con su teoría de que el universo es
orgánicamente uno. Por tanto, ya que es confesadamente imposible explicar
la naturaleza de esta unidad o mostrar cómo en ella se reconcilian
las muy numerosas diferencias del universo, y puesto que, además,
esta teoría es reconocida como desesperanzadamente escéptica, es seguramente
irracional mantenerla por más tiempo.
C. La teoría pragmática
La
vida es para los pragmatistas esencialmente práctica. Toda actividad
humana tiene una finalidad, y su finalidad es el control de la experiencia
humana con vistas a su mejora, tanto en el individuo como en la especie.
La verdad no significa sino un medio para este fin. Las ideas, hipótesis,
y teorías no son sino instrumentos que el hombre ha forjado
en orden a mejorarse a sí mismo y a su medio; y, aunque de tipo específico,
como todas las demás formas de la actividad humana existen solamente
para este fin, y son verdaderas en tanto en cuanto lo
cumplen. La verdad es así una forma de valor: es algo que funciona
satisfactoriamente; algo que sirve a los intereses humanos,
finalidades y objetos de deseo (Estudios
de Humanismo, 362). No hay axiomas ni verdades auto-evidentes.
Hasta que una idea o un juicio no ha probado su valor en el
manejo de la experiencia concreta, no es sino un postulado
o pretensión de verdad. Ni hay verdades absolutas o irreversibles.
Una proposición es verdadera hasta el momento en que se prueba útil,
y no más. Con respecto a los rasgos esenciales de esta teoría de la
verdad, W. James, John Dewey, y A. W. Moore en América, F.C.S. Schiller
en Inglaterra, G. Simmel en Alemania, Papini en Italia, y Henri Bergson,
Le Roy y Abel Rey en Francia están sustancialmente de acuerdo. Es,
dicen, la única teoría que tiene en cuenta los procesos psicológicos
por los que se construye la verdad, y la única teoría que otorga una
respuesta satisfactoria a los argumentos de los escépticos.
Con
respecto a la primera de estas afirmaciones no puede haber duda de
que el Pragmatismo se basa en un estudio de la verdad en construcción.
Pero la cuestión a discutir no es si el interés, la finalidad, la
emoción, y la volición juegan de hecho un papel en el proceso de cognición.
Esto no se discute. La cuestión es si, al juzgar la validez de una
pretensión de verdad, tales consideraciones deben tener peso. Si el
objeto de todos los actos cognitivos es conocer la realidad como es,
entonces claramente los juicios son verdaderos sólo en cuanto satisfacen
esta demanda. Pero esto no nos ayuda a decidir qué juicios son verdaderos
y cuáles no, pues la verdad de un juicio debe ser conocida ya antes de que esta
demanda sea satisfecha Lo mismo con respecto a los intereses y finalidades
particulares; pues aunque tales intereses y finalidades puedan incitarnos
a procurar el conocimiento, no estarán satisfechos hasta que conozcamos
verdaderamente, o en cualquier caso creamos conocer verdaderamente.
La satisfacción de nuestras necesidades, en otras palabras, es posterior
a, y presupone ya, la posesión del conocimiento verdadero sobre cualquier
cosa que deseemos utilizar como medio para la satisfacción de esas
necesidades. Para actuar eficientemente, debemos saber qué es lo que
estamos haciendo y cuáles serán los efectos de la acción contemplada.
La verdad de nuestros juicios se verifica por sus consecuencias sólo
en aquellos casos en que sabemos que tales consecuencias pueden resultar
si nuestro juicio es verdadero, y entonces actuar en orden a descubrir
si en realidad resultan.
Teóricamente,
y según los principios escolásticos, puesto que cualquier cosa que
es verdadera es también buena, los juicios verdaderos deben producir
consecuencias buenas. Pero, aparte del hecho de que la verdad de nuestro
juicio debe en muchos casos ser conocida antes de que debamos actuar
según ellos con éxito, el criterio pragmático es demasiado vago y
demasiado variable para ser de utilidad práctica. Buenas consecuencias,
operaciones sobre la realidad con éxito, interacción
benéfica con particulares sensibles denotan experiencias que
no son fáciles de reconocer o distinguir de otras experiencias menos
buenas, de menos éxito, y menos benéficas. Si tomamos como prueba
las valoraciones personales, estas son proverbialmente inestables;
mientras que, si son admisibles solas las valoraciones sociales, ¿dónde
vamos a encontrarlas y sobre qué bases serán aceptadas por los individuos?
Además, cuando se ha hecho una valoración,
¿cómo vamos a saber que es exacta? Para esto, parecería, se
requerirán ulteriores valoraciones, y así ad infinitum. Claramente los criterios
pragmáticos de verdad son a la vez poco prácticos y faltos de confianza,
especialmente el criterio de la satisfacción sentida, que parece ser
el favorito, pues en la determinación de ésta no sólo el factor personal,
sino el humor del momento e incluso las condiciones físicas juegan
un considerable papel. Por consiguiente la pretensión de los pragmatistas
sobre el segundo punto no puede ser aceptada de ningún modo. La teoría
pragmática no es apenas menos escéptica que la teoría absolutista
que busca desplazar. Si la verdad es relativa a las finalidades e
intereses, y si estas finalidades e intereses están, como tienen que
admitir que están, todos ellos
matizados por la idiosincrasia personal, entonces lo que es verdadero
para un hombre no será verdadero para otro, y lo que es verdadero
ahora no será verdadero cuando tenga lugar un cambio o bien en el
interés que lo ha engendrado o en las circunstancias en las que se
ha verificado.
Todo
esto lo conceden los pragmatistas, pero replican que tal verdad es
todo lo que el hombre necesita y todo lo que puede conseguir. Los
juicios verdaderos no se corresponden con la realidad, ni en los juicios
verdaderos conocemos la realidad como es. La función de la cognición,
en resumen, no es conocer la realidad, sino controlarla. Por esta
razón la verdad se identifica con sus consecuencias teóricas,
si la verdad fuera meramente virtual, pero en el fondo prácticas,
particulares, concretas. La verdad significa
operaciones sobre la realidad con éxito (Studies in Hum.,
118). La relación de verdad consta de partes intermedias del universo que pueden en cada caso
señalarse y catalogarse (Significado de la verdad, 234). La
cadena de operaciones que una opinión establece es
la verdad de la opinión (Ibíd., 235). Así, con vistas a refutar
a los escépticos, los pragmatistas cambian la naturaleza de la verdad,
redefiniéndola como el éxito definidamente experimentable que alcanza
el funcionamiento de ciertas ideas y juicios; y al hacerlo así acepta
precisamente lo que los escépticos buscan probar, a saber, que nuestras
facultades cognitivas son incapaces de conocer la realidad como es.
(Ver PRAGMATISMO).
D. La teoría del nuevo
realismo
Como es un primer principio de los absolutistas
y pragmatistas que la realidad cambia por el mismo acto en que la
conocemos, así el principio
radical del Nuevo Realismo es la negación de esta tesis.
En esto los nuevos realistas están acordes con los escolásticos.
La realidad no depende de la experiencia, ni es modificada por la
experiencia como tal. Los nuevos realistas, sin embargo,
no han adoptado hasta ahora la teoría de la verdad como correspondencia.
Consideran tanto la verdad como el conocimiento como relaciones únicas
que se tienen de manera inmediata entre conocedor y conocido, y que
son como su naturaleza indefinible. La diferencia entre sujeto
y objeto de conciencia no es una diferencia de calidad o sustancia,
sino una diferencia de función o lugar en una configuración
(Journal of Phil.Psychol. and Scientific Meth., VII, 396). La realidad
está formada de términos y sus relaciones, y la verdad es sólo una
de esa relaciones, sui generis,
y por tanto reconocible sólo por intuición. Esta versión de la verdad
es indudablemente simple, pero hay en cualquier caso un punto que
parece ignorarse por completo, a saber, la existencia de juicios e
ideas de los que, y no de la mente como tal, es predicable la
relación de verdad. No tenemos por una parte los objetos y
por otra la mente desnuda; sino por una parte los objetos y por otra
una mente que por medio de los juicios refiere sus propias ideas a
objetos ideas que como tales, tanto en consideración a su existencia
como a su contenido, pertenecen a la mente que juzga. ¿Cuál es entonces
la relación que existe entre estas ideas y sus objetos cuando nuestros
juicios son verdaderos, y también cuando son falsos? Seguramente tanto
la lógica como la criteriología implican que conozcamos algo más sobre
tales juicios que meramente que son diferentes. Bertrand Russell,
que ha dado su adhesión al Programa y Primera Plataforma de
seis realistas redactado y firmado por seis profesores americanos
en Julio de 1910, modifica un tanto la naiveté de su teoría de la verdad. Todo
juicio, dice (Philos. Essays, 181), es una relación de
la mente con varios objetos, uno de los cuales es una relación. Así
el juicio, Carlos I murió en el cadalso, denota varios
objetos u objetivos que están relacionados de una manera
definida, y la relación es tan real en este caso como lo son los otros
objetivos. El juicio Carlos I murió en su cama, por otro
lado, denota los objetos, Carlos I, muerte, y cama, y una cierta relación
entre ellos, que en este caso no relaciona los objetos como se
supone que los relaciona. Un juicio por tanto, es verdadero, cuando
la relación que es uno de los objetos relaciona los demás objetos,
de otro modo es falso (loc.cit.). En esta afirmación sobre la
naturaleza de la verdad, la correspondencia entre la mente que juzga
y los objetos sobre los que juzga está claramente implicada, y es
precisamente esta correspondencia la que consta como signo distintivo
de los juicios verdaderos. Russell, sin embargo, parece desafortunadamente
estar en desacuerdo con los demás miembros de la escuela neo-realista
sobre este punto. G.E. Moore expresamente rechaza la teoría de la
verdad como correspondencia (Mind, N.S., VIII,179 y s.),
y Pritchard, otro realista inglés, afirma explícitamente que en el
conocimiento no hay nada entre el objeto y nosotros mismos (Teoría
del conocimiento de Kant, 21). Sin embargo, hay que alegrarse de que
con respecto a los principales puntos en disputa la no alteración
de la realidad por los actos de cognición, la posibilidad de conocerla
en algunos aspectos sin conocerla en todos, el desarrollo del conocimiento
por acreción, el carácter no espiritual de algunos de
los objetos de experiencia, y la necesidad de descubrir empíricamente
y no por métodos a priori,
el grado de unidad que se consigue entre las diversas partes del universo
los nuevos realistas y los realistas escolásticos
están sustancialmente de acuerdo.
III.
Verdad Moral o Veracidad
Veracidad
es la correspondencia de la expresión exterior dada al pensamiento
con el pensamiento mismo. No debe ser confundida con la verdad verbal
(veritas locutionis), que es la correspondencia de la expresión exterior
o verbal con la cosa que se pretende expresar. Esta última supone por parte del que habla
no sólo la intención de hablar de manera verdadera, sino también la
facultad de hacerlo, esto es, supone (1) conocimiento verdadero y
(2) un correcto uso de las palabras. La verdad moral, por otra parte,
existe siempre que el que habla expresa lo que está en su mente incluso
si de facto está equivocado,
a condición de que el diga lo que cree ser verdadero. Esta
última condición, sin embargo, es necesaria. De ahí que una definición
mejor de la verdad moral sería la correspondencia de la expresión
exterior del pensamiento con la cosa tal como es concebida por el
que habla. La verdad moral, por tanto, no implica conocimiento
verdadero. Pero, aunque una desviación de la verdad moral sería sólo
materialmente una mentira, y por tanto no censurable, salvo que el
uso de las palabras o signos sea intencionalmente incorrecto, la verdad
moral implica la utilización correcta de palabras y signos. Una mentira
por tanto, es una desviación intencionada de la verdad moral, y se
define como una locutio contra mentem, esto es, es la expresión
externa de un pensamiento que es intencionadamente distinto de la
cosa tal como es concebida por el que habla. Es importante observar,
sin embargo, que la expresión del pensamiento, sea por palabras o
mediante signos, debe en todos los casos ser tomada en su contexto;
con respecto a ambos, palabras y signos, la costumbre y las circunstancias
producen considerables diferencias respecto a su interpretación. La
veracidad, o hábito de decir la verdad, es una virtud, y la obligación
de practicarla surge de un origen doble. En primer lugar, puesto
que el hombre es un animal social, un hombre debe naturalmente a los
demás aquello sin lo que una sociedad no perdura. Pero los hombres
no pueden vivir juntos si no creen estar diciéndose la verdad uno
a otro. De ahí que la virtud de la veracidad esté hasta cierto punto
dentro del capítulo de la justicia [rationem
debiti] (Sto.Tomás, Summa, II-II:109:3). La
segunda fuente de la obligación de veracidad surge del hecho de que
el habla tiene claramente la finalidad por su propia naturaleza de
la comunicación del conocimiento de uno a otro. Debe utilizarse, por
tanto, para la finalidad para la que está naturalmente propuesta,
y las mentiras deben ser evitadas. Pues las mentiras no son meramente
un mal uso, sino un abuso, del don de la palabra, ya que, al destruir
la confianza instintiva del hombre en la veracidad de su prójimo,
tienden a destruir la eficacia de ese don.
Para el Escolasticismo ver: tratados
escolásticos sobre lógica mayor, s.v. Veritas;
Etudes sur la Vérité (París, 1909); GENY, Une
nouvelle théorie de la connaissance (Tournai, 1909); MIVART, On Truth (Londres, 1889); JOHN RICKABY, First Principles af Knowledge; ROUSSELOT, L'Intellectualisme
de St. Thomas (París, 1909); TONQUEDEC, La
notion de la vérité dans la philosophie nouvelle in Etudes (1907), CX, 721; CXI, 433; CXII, 68, 335; WALKER, Theories of Knowledge (2ª ed., Londres, 1911); HOBHOUSE,
The Theory of Knowledge (Londres, 1906).
Absolutismo: BRADLEY,
Appearance and Reality (Londres, 1899); IDEM, Articles
in Mind, N.S., LT, LXXI, LXXII (1904,
1909, 1910); JOACHIM, The Nature af Truth
(Oxford, 1906); TAYLOR, Elements of Metaphysics
(Londres, 1903); Artículos en Mind, N.S., LVII (1906), y Philos. Rev.,
XIV, 3.
Pragmatismo: BERGSON, L'Evolution Créatrice
(7ª ed., París, 1911); DEWEY, Studies in
Logical Theory (Chicago, 1903); JAMES, Pragmatism (Londres, 1907); IDEM, The Meaning af Truth (Londres, 1909); IDEM, Some Problems of Philosophy (Londres, 1911); MOORE, Pragmatism and Its Critics (Chicago, 191O); ABEL
REY, La théorie de la physique (París,
1907); SCHILLER, Axioms as Postulates in
Personal Idealism (Londres, 1902); IDEM Humanism (Londres, 1902); IDEM, Studies in Humanism (Londres 1907); SIMMEL, Die
Philosophie des Geldes (Leipzig, 1900), iii. Nuevo Realismo: Artículos
en Journal of Philosophy, Psychology, and
Scientific Methods (1910, 1911), especialmente VII, 15 (July 1910);
MOORE, The Nature of Judgment in Mind,
VIII; PRICHARD, Kant's Theory af Knowledge
(Oxford, 1910); RUSSELL, Philosophical
Essays (Londres, 1910); IDEM, Artículos en Mind
N.S., LX (1906), y en Proceedings of the
Aristotelian Society VII.
LESLIE J. WALKER
Transcribed by Kevin Cawley
Traducido por Francisco Vázquez